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ANTROPOLOGÍA E HISTORIA > FUNDAMENTALISMOS

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Antropología e Historia (desaciendo mitos)

Qué es el fundamentalismo? Crítica del poder occidental y cristiano

1.- ¿Fundamentalismo?

1-1.- Occidente.

1-2.- Próximo Oriente.

1-3.- Extremo Oriente.

1-4.- Diferencias e Identidad.

1-5.- Fundamento e integridad.

2.- El poder como fundamento.

2-1.- Nota sobre el "poder".

2-2.- Hinduismo.

2-3.- Budismo.

2-4.- Confucianismo.

2-5.- Judaísmo.

2-6.- Islamismo.

2-7.- Cristianismo.

2-8.- Identidades.

3.- Fundamentalismo cristiano.

3-1.- Antecedentes.

3-2.- Precapitalista.

3-3.- Capitalista.

3-4.- Constantes.

4.- Cristo, dólar y Corán.

4-1.- Memoria histórica.

4-2.- Fundamentalismo yanki.

4-3.- Hasta 1946.

4-4.- Hasta 1973.

4-5.- Hasta hoy.

4-6.- El ganador.

5.- La libertad humana.

5-1.- Impotencia de la izquierda.

5-2.- Responsabilidad histórica.

5-3.- Libertad y dogma.

5-4.- Cinco mandamientos.

5-5.- Cinco prácticas.

5-6.- Liberación y dios.

 

1. ¿FUNDAMENTALISMO?:

1-1.- Occidente:

En el tránsito del siglo XIX al XX las tres grandes corrientes del cristianismo -católicos, ortodoxos y protestantes- se enfrentaban a una dura pugna interna y externa. Cada una de ellas y el cristianismo en su conjunto debía recomponer sus bases esenciales muy seriamente cuestionadas por el desarrollo implacable de lo que se definió como "modernidad", una mezcla explosiva de cuatro factores: Una era la expansión capitalista que entraba en su fase imperialista extendiendo e intensificando la explotación de pueblos enteros. Otra era la expansión científica y tecnológica implacable, al margen ahora de las concepciones mecanicista que la sustentaban. Además, estaba la crítica rigurosa de la dogmática religiosa. Y por último, el clima creado por la conjunción del movimiento obrero dentro del capitalismo central y luchas coloniales de liberación y primeros cuestionamientos radicales del occidentalismo.

Las tres corrientes cristianas reforzaron su identidad propia contra las críticas internas y externas. El catolicismo reprimió duramente a la llamada "desviación modernista" que cundió en EEUU y Europa reafirmando la tradición a lo largo de los pontificados de León XIII y Pío X. El protestantismo creó en 1909 el Instituto Bíblico afincado en la ciudad de Los Ángeles que editó 12 volúmenes con el título de "Los Fundamentos" en los que se desarrollaban los 5 puntos básicos consensuados en 1895. La Iglesia Ortodoxa amplió su apoyo al zarismo desde finales del XIX y tras la revolución de 1905 incrementó su intervención directa y pública hasta grados que para sí hubiera querido Jomeini. En realidad, las tres corrientes partían de una base común: la creencia en que ellas eran las únicas y exclusivas depositarias del tesoro de la fe, del mandamiento de "amarás a dios sobre todas las cosas". Como luego veremos, el fundamentalismo cristiano tiene su origen en ese mandamiento básico.

El "fundamentalismo" aparece históricamente entonces como concepto fuerte que expresa el proceso de recuperación y reafirmación de los "fundamentos" irrenunciables en situaciones de crisis. Ciertamente, los "fundamentos" del cristianismo estaban siendo desmontados: la teoría de la evolución de Darwin, las leyes de la Termodinámica, las investigaciones sobre la historicidad de la Biblia y las razonadas dudas sobre la existencia real de Cristo, la irrupción del marxismo, la crítica psicoanalítica al cristianismo, la laicización social...

Por otra parte, actuando como sustento ideológico, el pensamiento burgués estaba cada vez más penetrado por un pesimismo derrotista, por una visión apocalíptica que contrastaba abiertamente con el optimismo juvenil de la burguesía revolucionaria de finales del XVIII y comienzos del XIX. El segundo romanticismo, el que giró a la derecha renegando de los valores del conocimiento y mitificando un pasado escrito por las minorías ricas. Schopenhaur, Spengler, Lombroso y su criminología, el genetismo racista potenciado por los Estados occidentales para controlar la emigración. El darwinismo social.

A final del siglo XIX se populariza el concepto de "integrismo": un partido "integrista" español defiende la unidad del Estado amenazada por los separatismos internos y la descomposición imperial. También empiezan a oírse dentro del catolicismo opiniones "integristas" que reivindican la vuelta a la "integridad" del dogma; pero el "integrismo" religioso tardará más tiempo en coger fama, aunque era utilizado ya en las discusiones internas. Luego perdurará una corriente integrista que penetra vía Vaticano en movimientos políticos católicos que no dudan en adaptarse y hasta integrarse en los fascismos según las peculiaridades estatales y los problemas históricos irresueltos de las burguesías a las que sirven.

1-2.- Próximo Oriente:

Mientras esto sucedía en Occidente en los amplios territorios musulmanes se libraba una lucha idéntica en el fondo pero diferente en la forma. Allí, sin recurrir al concepto de "fundamentalismo" se sostuvo un ensangrentado enfrentamiento teológico entre los renovadores y los ortodoxos islámicos. La causa histórica ha de buscarse en los efectos desestructuradores de la implacable penetración colonial y las consecuencias sociales inevitables: occidentalización de las clases dominantes y de las castas religiosas, corrupción pública, pobreza creciente de las masas, abusos y desprecios de los extranjeros cada vez más numerosos y chulos.

Sí hubo una diferencia cualitativa con respecto al "fundamentalismo" e "integrismo" occidental: los movimientos de vuelta a la tradición, de recuperación de lo propio, de integración de lo que se estaba desintegrando bajo la presión occidental, fueron movimientos populares armados que pasaron a la violencia defensiva. Hubo dos fases: en la primera fueron movimientos populares claramente progresistas con reivindicaciones similares a las exigidas por las revoluciones campesinas y burguesas europeas contra el feudalismo y absolutismo católicos. Esta fase se dio entre 1795, 1831 y 1852 en el imperio turco, Irán e India terminando en derrotas militares. Renació en India en 1864-1868, concluyendo en una derrota aplastante. Tales luchas se nuclearon alrededor del wahhabismo y babidismo.

La segunda fase está marcada ya por otras condiciones estructurales. El colonialismo había aprendido de las luchas anteriores. Las clases dominantes musulmanas y las castas religiosas, que ayudaron fielmente a Inglaterra a liquidar a los wahhabitas, estaban totalmente desprestigiadas. Dentro de la intelectualidad musulmana aparecieron grupos claramente "progresistas" prooccidentales, pacíficos y colaboracionistas en la práctica. La occidentalización estaba mucho más avanzada y las relaciones de explotación capitalistas más endurecidas.

Las reacciones de respuestas se aglutinaron alrededor de los musulmanes ortodoxos capaces de rescatar las formas tradicionales de ayuda y solidaridad mutua, de argumentar en base al Corán la necesidad de mantener el control de la usura y la prohibición de la banca privada, de presentar un proyecto cultural propio contra la occidentalización, de criticar con su rectitud personal la corrupción colaboracionista de los "reformadores", de legitimar teológicamente la necesidad de la "guerra santa" o 'jihad' por parte de las masas empobrecidas.

De entre los movimientos de respuesta de esta segunda fase destacan dos: el que se desarrolló a partir de 1885 en amplias zonas de Arabia, Egipto y Sudán centralizado por el mahadismo, y el que estalló en 1911 en los territorios ocupados por Italia centralizado por el senusismo. Hubo otros, sobre todo en lo que eran entonces las "posesiones" de los Estados francés y español en lo que hoy es Argelia y Marruecos.

En el primero, Inglaterra tuvo que recurrir a todo su poder militar y al descarado colaboracionismo de las clases dominantes y de las castas religiosas corruptas para ganar al fin la guerra en 1898 destruyendo el Estado teocrático ortodoxo del Sudán. Victoria también favorecida por las agudas disensiones internas al mahadismo al fracasar en sus promesas de justicia social y control de la minoría enriquecida.

En el segundo, la victoria italiana no fue nunca completa ni definitiva, reapareciendo posteriormente la lucha popular armada en Libia cuando el fascismo lanzó la segunda ofensiva imperialista. No hace falta decir que en ambas ofensivas, el Vaticano, que había excomulgado al gobierno de Roma en 1871, no dudó en apoyarlo totalmente legitimando la "cristianización" y la "tarea civilizatoria". También es cierto que los senusitas no tuvieron apenas apoyo de otros movimientos pues ellos mismos se habían negado en 1885 a aliarse con los mahaditas.

Tenemos un cuadro bastante aproximado de lo que era el fundamentalismo cristiano y los movimientos ortodoxos musulmanes de respuesta popular armada al colonialismo capitalista. Más adelante veremos cómo ese colonialismo, que de inmediato entraría en su fase imperialista, se justificaba en el fundamentalismo occidentalista cristiano como tarea civilizatoria intrínsecamente buena y justa. En 1944 EEUU añadiría a esa "civilización" los mitos de "desarrollo" y "progreso".

1-3.- Extremo Oriente:

Pero también el mismo proceso aunque con diferencias específicas se estaba dando en Asia. No nos vamos a extender en las discusiones entre los "modernistas" y los "tradicionalistas" dentro del budismo ceilandés de la época. Tampoco lo haremos en la evolución del hinduismo hacia una mayor centralización en la figura de Ramakrishna muerto en 1886 y radicalización en los sihks frente al colonialismo inglés e islamismo que aumentaba su poder en gran medida debido al apoyo colonial, que lo usaba como fuerza de contención y estabilidad una vez destrozado el wahhadismo. Sí lo haremos, por su obvia importancia, en los procesos habidos en Japón y China, por este orden.

A comienzos del siglo XVI los comerciantes europeos habían introducido en Japón el cristianismo en su versión católica. La reacción nacionalista unificadora lo prohibió a finales del XVI y hasta 1854 Japón no sufrió agresiones occidentales, cuando la armada yanki abrió a cañonazos el hermetismo nipón. El impacto por las condiciones yankis fue tal que surgió un nuevo nacionalismo que tomó el poder con la revolución Meiji de 1867, unificando el país al vencer a los poderes feudales propensos, como en el siglo XVI, a negociar rendiciones particulares con los invasores occidentales.

Una de las medidas del gobierno fue oficializar el culto sintoísta en detrimento del budista en 1868. El sintoísmo era -lo fue hasta enero de 1946- la religión oficial, estatal e imperial. El sintoísmo adoraba al emperador como dios y a los dioses familiares como guardianes de la tradición y sirvientes del emperador. Por contra el pueblo rendía culto a un sincretismo sinto-budista que no satisfacía las necesidades centralizadoras del nuevo nacionalismo antioccidental. Expulsado el cristianismo había que controlar al budismo. Pero las duras medidas de marginación del budismo no surtieron efecto por su arraigo popular y en 1889 se le rehabilitó de nuevo manteniendo la primacía sintoísta. Sobre estas bases político-religiosas, Japón se lanzó a una intensa industrialización, militarización y expansión geográfica justificada con la ideología panasiática antioccidental.

En China la irrupción del occidentalismo y del fundamentalismo cristiano fue inmensamente más dañina por la misma debilidad del gobierno. A finales del siglo XIX franceses, rusos, alemanes y japoneses presionaban para arrancar concesiones económicas, territorios y puertos y por asegurar la impunidad oficial de múltiples "misioneros" protestantes, católicos y ortodoxos. Se revelaron en muchas ciudades sociedades secretas y movimientos populares, especialmente los llamados bóxeres, que reivindicaban la vuelta a las tradiciones nacionales chinas que en esos momentos se expresaron de forma conservadora pero antioccidental.

La sublevación popular cercó las legaciones internacionales en Pekín en verano de 1900. Un ejército internacional formado por unidades de las potencias arriba citadas más EEUU fue a liberarlas ocupando Pekín un año entero. Después obligó al gobierno chino a leoninas concesiones de todo tipo. El fracaso de la dinastía manchú, de su ejército y de las sublevaciones populares, animó a las fuerzas progresistas y revolucionarias para forzar la instauración de la República en octubre de 1911, abriendo un largo período de conflictos armados, guerras de liberación y revoluciones sociales que culminaría en la victoria del Partido Comunista Chino en 1949.

1-4.- Diferencias e Identidad:

Después de este rápido repaso de las principales luchas defensivas de los pueblos no europeos a la colonización, fundamentalismo e integrismo cristiano, que le legitimaba incluso antes de popularizarse el propio término, podemos extraer cuatro diferencias y una identidad:

Una, el fundamentalismo cristiano respondió no a agresiones externas no eurooccidentales, sino a contradicciones específicamente internas, propias, exclusivas del cristianismo dentro de la sociedad capitalista occidental, mientras que absolutamente todos los movimientos y luchas de resistencia anticolonial y antioccidental tenían contenidos anticristianos por cuanto ésta religión era el cemento legitimador de las agresiones que sufrían.

El cristianismo había fusionado su suerte histórica a las clases dominantes romanas ya en el siglo IV, aunque la había unido un siglo antes. Es más, en cuanto creación no de Cristo, sino de los grupos de la Anatolia bajo la dirección de Pablo, el cristianismo era desde su mismo nacimiento una religión incomprensible al margen de la lógica dineraria inherente al pensamiento grecorromano. La permanente tensión entre Yahve y Baal, limosna y usura; las contradicciones evangélicas en todo lo relacionado con el dinero y su rentabilidad, la tesis central del cristianismo de Pablo de la evangelización de los gentiles como inversión ideológica de la expansión dineraria y comercial grecorromana, todo esto, que es una de las almas del cristianismo y que renacerá con el protestantismo y calvinismo, y actualmente con la versión católica del neoliberalismo, que la hay, hace que el cristianismo tenga una fuerza fundamentalista endógena, interna, no exógena, producto de la necesidad de defenderse de agresiones exteriores, de enemigos llegados de fuera.

Dos, mientras que el fundamentalismo cristiano en sus tres corrientes contó con el apoyo entusiástico de las clases dominantes europeas en sus respectivas áreas, sucedió al contrario en los movimientos de respuestas -a excepción de Japón por especiales condiciones- que no tuvieron otra alternativa que enfrentarse a una "alianza de dinero" entre las potencias occidentales y sus clases dominantes, incluida la lucha china pues los bóxeres no contaron con todo el apoyo institucional. Frente a la "alianza de dinero" muchas veces existió "alianza de tradición", es decir, movimientos interclasistas y populares defendiendo con las armas las costumbres y tradiciones propias.

Debido al carácter endógeno del fundamentalismo cristiano, las clases dominantes nunca han tenido problemas serios tanto en apoyar procesos involucionistas, como en impulsarlos e incluso exigirlos. Naturalmente, hay que introducir aquí dos cuestiones importantes: las diferencias y hasta choques entre clases propietarias en ascenso o descenso y, unido a ello, los proyectos nacionales inseparables a cada uno de esos bloques. Por ejemplo, el proceso de reafirmación fundamentalista de Inocencio III contra los albigenses o cátaros contó con el apoyo e impulso de determinadas fracciones de las clases dominantes en abierta confrontación con otras. En la Europa de finales del XII y comienzos del XIII, prácticamente durante todo est siglo, también el "problema cátaro" expresó uno de los inicios de las posteriores reivindicaciones nacionales. Por ejemplo, siguiendo esta tónica, las guerras husitas posteriores respondieron a agresiones fundamentalistas que también eran de defensa de intereses nacionales opresores tal cual se vivían en el XV las masas campesinas, artesanas y hasta sectores empobrecidos de la nobleza checa.

Tres, mientras que el fundamentalismo cristiano en sus tres corrientes tenía un único sentido reaccionario, no sucedió así en las luchas y movimientos de respuesta no occidentales ya que éstos a la vez estaban condicionados por la historia propia de cada país o región sociocultural amplia, de modo que unos fueron conservadores y otros progresistas, pero sólo el japonés fue reaccionario como lo demostró en su agresión a China -no confundir conservadurismo con reaccionarismo- y sí todos fueron antioccidentales y anticristianos, aunque luego desarrollaran fuerzas capitalistas.

No es posible encontrar un fundamentalismo cristiano revolucionario, ni incluso la Teología de la Liberación de la que hablaremos al final. Roma ha ido reafirmando y reconstruyendo las partes dañadas del dogma, a la vez que ampliándolo según las necesidades del momento, en respuesta a los procesos centrífugos y secesionistas que cuestionaban su cetro, ya desde el inicio mismo de la formación de su poder político-teológico y militar-teológico. Otro tanto hay que decir de Bizancio y más tarde del Patriarca de Moscú. No hace falta, pensamos, exponer ahora la historia asesina del protestantismo una vez asegurado el poder de la alianza entre príncipes y burguesía ascendente, es decir, su conversión en otro fundamentalismo práctico. De igual modo, la vigente contrarreforma fundamentalista vaticana es profundamente reaccionaria y antidemocrática.

Cuatro, mientras que el fundamentalismo cristiano, en base a su unidad reaccionaria, dio nuevas legitimidades al imperialismo, las luchas de respuestas aun siendo derrotadas o integradas en los poderes establecidos aumentaron la legitimidad de las crecientes luchas de liberación nacional y social, incluso en el caso japonés ya que su victoria en 1905 sobre el zarismo destrozó el mito de la invencibilidad occidental e incrementó sobremanera el orgullo panasiático.

La práctica histórica del fundamentalismo cristiano nos exige enriquecer el concepto de imperialismo, que lo aplicamos exclusivamente al período histórico posterior a la fase colonialista del Capital. Pero, en realidad, desde una perspectiva histórica más prolongada, debemos entender por imperialismo el conjunto de agresiones estratégicas y globales en beneficio de un poder opresor. Podemos así entender más científicamente, por ejemplo, la tarea del cristianismo en el imperialismo de Carlomagno contra los sajones; en el de la Orden Teutónica contra los eslavos del centro y norte europeo; en el de las cruzadas en Oriente Próximo y Medio, etc. Nada de esto ocurre en los fundamentalismos de respuesta. Tocamos así un problema teórico apenas investigado aún y al que nos hemos referido anteriormente: el de las relaciones del militarismo con la teología. También aquí hemos de decir que en nada se parece la tarea y contenido de clase del fundamentalismo cristiano con los fundamentalismos de respuesta.

Ahora bien, esas innegables diferencias no pueden ni deben ocultar una identidad de fondo: todos fueron movimientos religiosos al margen del carácter profético -cristianismo e islamismo- o sapiencial -budismo, sintoísmo, confucianismo y taoísmo- de cada uno de ellos. Ninguno fue un movimiento laico y secular, y mucho menos ateo y consecuentemente materialista. Es decir, todos tienen dos bloques de características comunes: la identidad religiosa centrada en cinco mandamientos esenciales a todos ellos y la identidad de motivación esencial al responder a otras cinco situaciones de crisis de sus fundamentos últimos.

Es esa identidad la que le impele a defender en la práctica una misma filosofía sobre la existencia humana y por tanto, un mismo criterio anticientífico sobre el potencial emancipador del conocimiento. Y de aquí surge, al final, la natural tendencia de todas ellas a reaccionar en base al autoritarismo fundamentalista, aunque en un principio unas se defendieran de otras.

Pero no podemos pasar por alto una aplastante experiencia histórica: las diferencias significativas, aun siendo todas ellas religiones, que existen en su interior con respecto a dos bloques de prácticas: uno, el formado por el contenido contradictorio interno de lo utópico, mesiánico y liberador, y otro, muy unido a este por su génesis, la representatividad contradictoria interclasista o preclasista de cada religión. Ambos tienen una gran importancia a la hora de comprender los diversos comportamientos y en el momento de pasar de una definición general del fundamentalismo a su verificación concreta. En realidad se trata del problema de la debilidad de cada religión o grupo de religiones para resolver transitoriamente la dialéctica de lo esencial y de lo fenoménico. Hablamos de debilidad o si se quiere de incapacidad, que no de capacidad o fuerza para lograrlo. Una de las causas del fundamentalismo es precisamente esa debilidad interna y consustancial a toda religión. De entre todas las que hemos citado, la cristiana es la más débil y por ello la más brutal e inhumana.

Son las religiones proféticas las que más arrastran esa debilidad y las sapienciales, aun siendo religiones, las sobrellevan mejor. Ello es debido a que las sapienciales apenas han generado componentes utópicos, milenaristas y mesiánicos en su interior ya que provienen de sociedades en las que la división de clases no estaba tan agudizada.

Aunque con diferencias en la evolución social, las sociedades de la India, China y Japón, no habían avanzado tanto en la escisión clasista como la sociedad judía, la grecorromana y las sociedades del Oriente que construyeron la dogmática islámica. Resumiendo: Las religiones proféticas -judaismo incluido- nacieron en momentos de profunda e irreconciliables escisión clasista mientras que las sapienciales en sociedades divididas en castas o con poca división clasista.

Las tensiones clasistas escinden y refuerzan al judaísmo, cristianismo e islamismo. Se trata de un proceso contradictorio de construcción social, cargado de presiones e intereses y que va dejando un rastro sangriento tras la marcha de las discusiones teológicas. En el budismo, confucianismo, taoísmo y sintoísmo lo que sucede por lo general es una pugna entre religiones pues cada una de ellas es representante de un bloque social, aunque también una clara injerencia de los poderes políticos como fuerzas fundantes del dogma. El caso mixto del hinduismo es revelador. Las luchas intermitentes a cuatro bandas -cristianismo, islamismo, hinduismo y budismo- que nos retrotraen a períodos ya vistos y a posteriores a la independencia de la India y la partición de Pakistán y Bangla Desh, son una muestra del potencial movilizador de una religión mixta en un contexto cargado de toda serie de contradicciones materiales y simbólicas.

Concedemos extrema importancia teórica a las cuestiones que hemos tocado y en el último capítulo dedicado al fundamentalismo como tal y a la libertad humana, volveremos sobre ellas extensa e intensamente.

Ahora vamos a acabar este capítulo explicando la tesis según la cual el fundamentalismo es una ruptura específica y única de la dialéctica entre lo esencial y lo fenoménico. Lo expuesto hasta ahora nos sirve de soporte ejemplarizador y el capítulo inmediatamente posterior, el 2º, será una aplicación de lo teórico a la evolución del cristianismo.

1-5.- Fundamento e integridad:

Hemos visto cómo el fundamentalismo cristiano, en cuanto definición moderna que no en cuanto práctica histórica, aparece en un momento especialmente crudo para esa religión. En ese momento sus tres corrientes más importantes optan por reafirmar los "fundamentos" frente a las innovaciones y mantener su "integridad". Y aquí surge el problema: ¿cuáles son esos "fundamentos" y cual su "integridad"? Más aún: ¿cuál es la filosofía del fundamentalismo como sistema de reafirmación del dogma? O si se quiere expresarlo de otro modo ¿se puede hablar de un método fundamentalista? De ser cierto ¿qué relación guarda con el método científico el método fundamentalista? Es aquí donde se rompe la dialéctica entre la esencia y el fenómeno. Se rompe porque el cristianismo, como cualquier religión, tiene un criterio definidor del "fundamento" y de la "integridad" que no resiste los envites de la realidad siempre cambiante.

Para el cristianismo los "fundamentos" están en la Biblia. Pero este libro tiene tantas lecturas e interpretaciones como lectores e intérpretes existan; es tan discutible como se quiera su "integridad" que de ahí la necesidad de un dogma comúnmente aceptado. Los católicos y ortodoxos lo tienen fijado mediante sus iglesias respectivas; los protestantes los fijaron en cinco "principios" expuestos en los 15 volúmenes de "Los fundamentos". Pero ese dogma envejece y se vuelve incomprensible para las nuevas generaciones. Hay que readecuarlo periódicamente. Cada corriente cristiana tiene sus métodos burocráticos para hacerlo. Pero siempre hay problemas y discusiones en su actualización. Todo cambio social amenaza a su "integridad".

La historia enseña y confirma que en esos momentos son los poderes políticos y económicos terrenales, que no celestiales, los que dictan e imponen la actualización. Dedicamos todo el capítulo siguiente a demostrarlo así que ahora no nos extendemos. Los problemas surgen del hecho muy simple de que esa nueva fundamentación es siempre dogmática, se remite a una concepción transcendente e incognoscible científicamente. Siempre debe recurrir al principio de fe en vez de al principio de la razón suficiente. Explicamos esto pues es el secreto del problema que tratamos.

Fundamento viene de fundamental que es sinónimo de primordial, básico, elemental, vital, esencial. En la aceptación normal fundamento quiere decir origen, principio y raíz en que estriba y tiene su mayor fuerza una cosa no material. En la aceptación científica quiere decir condición necesaria, que constituye la premisa de la existencia de ciertos efectos, y que sirve de explicación de los mismos. Al aparecer lo de condición necesaria se corta de raíz toda posibilidad de derivación religiosa, transcendente; se exige la demostrabilidad del fundamento.

Fundamentar una tesis sobre una cosa es descubrir y dar a conocer lo básico, lo elemental y esencial de esa cosa. Ello obliga a su vez a descubrir y dar a conocer sus cambios, las formas diversas que adquiere en y con esos cambios. Lograrlo requiere de un mínimo imprescindible de proposiciones notoriamente verdaderas de las que se desprende lógicamente la tesis defendida. Durante este proceso debe estar activo siempre el principio de las relaciones entre lo esencial, lo elemental de la cosa y sus formas externas, la envoltura o piel que tiene.

El "fundamentalismo" surge cuando se rompe esa dialéctica y se quiere mantener el fundamento a cualquier precio. Surge cuando se niega el movimiento y la contradicción, y cuando se busca por cualquier medio reinstaurar algo tenido como eterno, inamovible, estático y fijo de por siempre y para siempre. Los idealistas no lo consigan nunca, pero lo intentan siempre. Es esa obsesión, permanentemente negada por la realidad histórica y la ciencia, la que constituye el método fundamentalista: rechazar el movimiento y afirmar la quietud; rechazar el cambio y afirmar lo permanente. El método fundamentalista es inherente a la religión misma, a cualquiera. El método fundamentalista es el método de la metafísica religiosa.

Precisamente, la evolución actual de la ciencia asesta un golpe aún más demoledor a la pretensión de quietud e inmovilidad del fundamentalismo. Frente a lo estático se impone lo dinámico. Frente a lo parcial, lo global. Frente a lo simple, lo complejo. Frente a lo unidireccional, lo multidireccional. Frente al orden, el caos, y el caos como emergencia de un orden sintéticamente superior. El movimiento, la lógica de las contradicciones y de los cambios cualitativo, de la emergencia de nuevos procesos, se imponen bajo la presión de los avances en nuevos paradigmas. Una ontología sistémica que define lo real como totalidad de procesos fluidos e interrelacionados. Una complementariedad que nace de lo sistémico y de la superioridad del todo frente a las partes para replantear la caducidad definitiva de lo aislado y estático.

Una reafirmación de la creatividad crítica del pensamiento en vez de la pesada palabrería de los principios dogmáticos. Una comprensión lúcida de la tendencia al orden de los procesos abiertos, en vez de aquél determinismo pesimista de la inicial interpretación cerrada de la entropía, de la segunda ley de la Termodinámica. Una concepción sinérgica y emergente, no-lineal. La sinergia contra el fundamentalismo. La creatividad vivificante de la no-linealidad contra la mecánica apatía de la linealidad.

En resumen, el método científico reafirma las viejas tesis precientíficas de la filosofía materialista, del ateísmo, de la dialéctica y de la visión holista de la naturaleza. Los avances científicos actualizan la dialéctica del azar y de la necesidad, de la contingencia y de la causalidad, como fuerza activa en los procesos emergentes, abiertos y complejos. Para entender semejante globalidad rica y amplia, debemos superar las limitaciones de la lógica formal y ampliar el poder de la lógica dialéctica. También actualizan, como hemos dicho, la dialéctica de la parte y del todo, de lo sistémico y de lo parcial unido a ello, de los cambios que sufre la totalidad, la cualidad, cuando se transforma los parcial, la cantidad: son momentos fractales, situaciones de criticidad emergente. Aparece lo nuevo que conserva y supera lo viejo.

Y es ahora, cuando los nuevos paradigmas de la ciencia cuestionan definitivamente lo estático, cuando comprendemos la incapacidad del concepto tradicional de integrismo. Integro, según lo tradicional, es aquello a lo que no falta ninguna de sus partes. Integrar es componer el todo con sus partes integrantes. Y las partes integrantes son, formalmente, muchas más que las esenciales, es decir, un edificio tiene, formalmente, unas partes esenciales, cimientos y estructuras, sin las cuales se hundiría automáticamente, pero tiene además partes integrantes que no son formalmente esenciales pero que componen el edificio completo tal cual lo diseñó el arquitecto.

Ahora bien, si a un edificio le quitamos las ventanas y le abrimos troneras, entonces ya no será una casa habitable sino un fortín en el que es muy duro vivir en condiciones normales. La cómoda habitabilidad de un edificio ha dado paso a una incómoda existencia en un fortín. Ya no es lo mismo: lo íntegro se ha transformado porque sus partes han variado. Los integristas dicen que además de los dogmas fundamentales hay que mantener todas las cosas restantes tal cual las diseñó el arquitecto en su origen. Por ejemplo, en el catolicismo los integristas son quienes defienden la misa en latín. Dicen que suprimiendo el latín se suprime no lo esencial pero sí partes importantes de la liturgia. Los integristas están, pues, cogidos en una trampa insalvable: la realidad se transforma y cambia, lo íntegro se adapta a esas metamorfosis y sobre todo, cambia o se diversifica mediante mutaciones: los procesos abiertos, complejos y no-lineales, que dialectizan el caos y orden, llegan a momentos críticos de bifurcación, de saltos cualitativos hacia entidades de mayor complejidad. Lo íntegro se desintegra y de entre las mil partículas se forman nuevas y superiores integridades. Es la flecha del tiempo. Pero los integristas rechazan todo ello e insisten en la obligada inmutabilidad del modelo inicial.

Tal obstinación fanática de oposición a todo cambio multiplica las probabilidades de "irse por las nubes", de perderse en razones innecesarias, en argumentos carentes de sustentación histórica, material y contrastable. Peligro tanto mayor cuanto más se olvida o desprecia el rigor científico y más se ensalza y dogmatiza la "razón revelada", la voluntad divina. La ruptura entre lo básico y lo superficial, lo elemental y lo accesorio se produce cuando se extrae de la historia y de sus cambios a lo que se define esencial convirtiéndolo en "fundamento inamovible", "verdad eterna". Frente a la "verdad" sólo cabe el "error": contra los "fundamentos" maquinan las "herejías", "desviaciones" y "modernismos" que deben ser expurgados.

Se ha roto la dialéctica causa y efecto, básico y superficial, contenido y continente, esencia y fenómeno. Se ha roto así uno de los procesos definitorios del conocimiento científico. El "fundamentalismo" y el "integrismo" son intento de parón, estancamiento y voluntad de vuelta al pasado, de hacer retroceder el tiempo, de parar la historia. Sin embargo el pasado se analiza desde el presente por lo que es el presente el que interpreta el pasado.

El "fundamentalismo" y el "integrismo" están cogidos en una contradicción irresoluble: quieren asegurar lo "esencial eterno" sin tener en cuenta el transcurso del tiempo, los cambios irreversibles, la imposibilidad objetiva de reinstaurar el pasado. Y ese intento ha de hacerlo siempre, indefectiblemente, desde, con y para criterios e intereses temporales. Y quien domina el presente tiene más posibilidades para interpretar el pasado. Por ello el poder se yergue como el elemento que define en cada época qué es fundamental o no.

Esta es la razón de que tanto dentro del fundamentalismo cristiano como de los fundamentalismos de respuesta, defensivos, existan serias tensiones internas. Ambos están marcados y condicionados inevitablemente por las contradicciones clasistas, patriarcales y etnonacionales existentes en su momento. Tal determinación es más aguda en las religiones proféticas que en las sapienciales, pero está presente en todas ellas. Este cúmulo de contradicciones, dificultades y problemas siempre nuevos a los que se enfrenta el fundamentalismo encuentra una solución relativa y transitoria mediante los procesos periódicos de re-dogmatización. Todas las contradicciones se concentran en esos momentos. Y es en ellos cuando la lucha entre corrientes internas dentro del fundamentalismo y de éste contra tendencias reformistas o revolucionarias externas, adquiere su máxima dureza.

Todas las religiones han vivido y viven momentos así. Precisamente son esos momentos los que más cruda y descarnadamente muestran que el fundamento del fundamentalismo radica en el poder.

2.EL PODER COMO FUNDAMENTO:

El repaso histórico que vamos a hacer es "fundamental" para comprender el presente, las características internas de los diversos fundamentalismos contemporáneos y su identidad de fondo, identidad en instancia última enfrentada a las libertades humanas.

2-1.- Nota sobre el "poder":

Nos es imposible profundizar aquí en lo que entendemos por "poder" en general y sus formas contrarias de manifestación. Por falta de espacio vamos a dar una breve definición de "poder" en relación con el fundamentalismo y con las religiones que le sostienen.

En este caso limitado y concreto, entendemos por "poder" el conjunto de instrumentos materiales y simbólicos por los que una minoría dominante puede lograr tres cosas: una, mantener y aumentar su riqueza; dos, interpretar los dogmas religiosos y desarrollar nuevos fundamentos dogmáticos y último, tres, imponerlos a la mayoría prohibiendo o marginando las interpretaciones de esa mayoría.

Como se aprecia, de inmediato aparece el dinero, el verdadero dios. Lo que ocurre es que en cada época histórica ese dios, ese dinero, se ha manifestado ante la especie humana con una faz diferente. Se trata de rastrear esas diversas envolturas hasta encontrar su contenido interno. Ello nos exige un triple esfuerzo que no podemos hacer ahora: uno, definir el equivalente universal como momento simbólico-material de ruptura de la unidad individuo-colectivo debido a las fuerzas centrífugas inherentes a la transformación de la abstracción-intercambio en abstracción-mercancía, es decir, el hundimiento en la alienación como mercancía y la irracional alternativa ilusoria e idealista como salida y salvación; dos, concretar este momento alienador en el contexto sociohistórico para descubrir la concreta inversión ideológica realizada y saber definir la conexión estructural entre inversión ideológica y poder de clase y último, tercero, descubrir las contradicciones internas, resistencias y luchas, movimientos contestatarios que obligan al poder simbólico-material a readecuar el dogma mediante otro esfuerzo fundamentalista. El poder en general, y sus manifestaciones concretas, aparecería así como fuerza consciente, pero dentro de la falsa conciencia necesaria, en la producción social de alienaciones.

Una vez descubierto sabremos más científicamente qué es el fundamentalismo e incluso podremos aventurar algunas posibles tendencias evolutivas a medio plazo. Haremos un rastreo cronológico empezando por las religiones más antiguas ciñéndonos únicamente a las surgidas en sociedades clasistas y de castas sociales ya muy escindidas. Romperemos la línea cronológica en el caso del cristianismo, que será analizado en último lugar.

2-2.- Hinduismo:

Las tribus dravídicas, aborígenes de los valles del Indo y Ganges, resistieron tenazmente a las invasiones arias. Incluso derrotadas y ocupadas sus tierras natales, mantuvieron sus religiones y culturas propias. En un principio, entre los siglos XV-X adne, los arios fueron inferiores culturalmente aunque superiores militarmente. Tal superioridad permitió a los arios apropiarse de partes mayores del excedente de modo que, entre los siglos VII-V adne y tras el proceso de sedentarización, la sociedad resultante estaba claramente separada y escindida en castas sociales, que cumplían la función de las clases sociales.

El hinduismo se formó a lo largo de este proceso de invasión, expoliación de la tierra y explotación y opresión. Inicialmente ambos grandes bloques etnonacionales enfrentados mantuvieron sus claras diferencias religioso-culturales, pero gradualmente el emergente poder fue dando cuerpo al hinduismo. Este sancionó religiosamente la estratificación de castas en cuatro niveles. El más importante y alto, la casta dominante, correspondía a los brahamanes. Después venían los guerreros y administradores políticos. Luego estaban los comerciantes, agricultores y artesanos. Por último, los parias, los impuros, los esclavos, los mendigos.

Las tres primeras castas eran de origen ario y el hinduismo sancionaba su superioridad. La cuarta casta estaba formada por la mayoría de la población y eran los descendientes de las tribus aborígenes prearias. Los brahamanes eran los depositarios del saber y del conocimiento, de los ritos políticos-religiosos y estaban unidos por estrechos intereses materiales y consanguíneos a los príncipes, militares, administradores, campesinos, comerciantes y artesanos. En el siglo V adne el hinduismo se unifica en el "Código de Manú" cuando empiezan a formarse dos corrientes opositoras: el budismo y el jainismo.

El hinduismo no tuvo apenas necesidad de reformar sus dogmas mientras se mantuvo la estabilidad de dominación. Pero a partir del siglo IV adne tuvo que cambiar para resistir la fuerza de ambas nuevas religiones, especialmente del budismo. Tuvo que popularizarse, acercarse más al pueblo y a las nuevas realidades sociales. Amplió la espectacularidad de su liturgia y tendió a reducir su abigarrado panteón ante las presiones budistas y luego islamistas. Más tarde, el occidentalismo le supuso nuevas exigencias de adecuación de sus fundamentos: siempre buscando mantener su capacidad de implantación político-religiosa en beneficio del poder de las castas dominantes.

2-3.- Budismo:

El jainismo y el budismo fueron respuestas críticas al hinduismo. No nos extenderemos sobre el primero. Sobre el segundo hay que decir que apareció embrionariamente en el siglo VI adne pero que no tomó cuerpo ni consistencia teológica hasta el siglo III adne. Durante ese tiempo y en especial en los siglos V-IV adne estuvo recorrido por no menos de diecisiete corrientes y seis sectas diferentes fundadas por "maestros" que se suponen contemporáneos de Buda.

Tal complejidad fue debida a que en realidad el budismo originario era una alternativa al hinduismo de sectores sociales ricos y bien establecidos. Sectores nacidos al amparo del desarrollo económico que comprendían que el hinduismo estaba perdiendo capacidad de implantación en las cada vez más amplias castas oprimidas. También comprendía que el hinduismo no podía responder a las filosofías ateas y materialistas en auge. El budismo tenía miedo a la violencia de las masas y defendía la propiedad pese a sus críticas al sistema. De hecho el poder nunca le persiguió.

Es más, en el siglo III adne cambió el contexto sociopolítico, económico y militar formándose un poder imperial, el mauriano, que tuvo necesidad de una centralización religiosa más adecuada que la hinduista. El emperador Azoka fue el verdadero creador del budismo no sólo al elevarlo al rango de credo oficial sino al codificar las múltiples tradiciones sobre Buda y escribirlas en placas de piedras colocadas en caminos, pueblos y templos. Para entonces los templos budistas eran ya centros económicos y religiosos altamente degenerados.

La integración del budismo en la lógica del poder le supuso una lucha claramente fundamentalista: el núcleo ortodoxo recluido en los monasterios insistía en mantener el dogma budista mientras que la mayoría pretendía suavizarlo, hacerlo más comprensible y abierto a otras capas sociales y culturas religiosas. El primer núcleo se llamó 'hinayana' o "camino estrecho" y el segundo 'mahayana' o "camino ancho". La lucha fue muy dura entre ambas corrientes.

La minoritaria tenía la fuerza de la tradición y el poder económico; la mayoritaria contaba con su poder de atracción. La solución vino no del debate teológico sino de los intereses de poder. La corriente "renovadora" se impuso a la "fundamentalista" porque el rey Kanishka comprendió que los "modernistas" tenían más implantación de masas. Este rey controló lo decisivo del concilio de Cachemira que dio la victoria a la corriente 'mahayana'.

2-4.- Confucianismo:

La evolución religiosa china es con mucho la que mejor refleja la esencial y directa conexión del fundamentalismo con el poder. Sus tres componentes decisivos -confucianismo, taoísmo y budismo chino- tienen una diáfana relación con el poder: tanto que es una relación directa y oficial aunque una tras otra todas las revueltas campesinas se reclamasen de corrientes heréticas taoístas y sobre todo budistas. Recordemos en este sentido la impresionante experiencia histórica de la secta secreta del Loto Blanco ya fuerte en el siglo XII dne y muy activa en las revueltas campesinas de final del XIX y de los bóxeres de comienzos del XX. Por contra, la fusión de las tres religiones con el poder era visible hasta en la indumentaria de los chinos ricos: sombrero confuciano, túnica taoísta y sandalias budistas.

K'ong fu tseu o Confucio recopiló las corrientes conservadoras que buscaban poner orden en el caos de la China del siglo V adne. Sintetizó una enorme masa de ritos creando uno único que fusionó con el culto a los antepasados familiares y al poder estatal. Integró en él a dioses y demonios, pero supeditados al rigor del credo dirigido casi exclusivamente al poder: burócratas estatales e imperiales, ancianos jefes de linaje y centros de poder regional. Pero los cambios sociales y las presiones del taoísmo obligaron a los confucianos a un debate fundamentalista siglo y medio después: el "renovador" era Meng tseu o Mencio que suavizó muchos ritos ampliando así las bases.

Paralelamente las corrientes que no estaban de acuerdo con Confucio se unificaron alrededor del pequeño libro 'Tao te-king', de Lao tse. Los taoístas ortodoxos vivían en reclusión y aislamiento en monasterios apartados. Bien pronto surgieron núcleos más abiertos pero no revolucionarios. Absorbieron a los sacerdotes y shamanes de viejas religiones locales convirtiéndose en serios competidores del confucianismo y del taoísmo ortodoxos. Muy pocos de ellos crearon sociedades secretas como la de La Vía de la Gran Paz que fue exterminada por el poder confuciano-taoísta dominante tras la sublevación campesina de 175 dne.

A partir del siglo I dne se introdujo en China el budismo 'mahayana' con el apoyo del poder establecido y de ahí su expansión entre sectores urbanos, comerciantes, artesanos e intelectuales que no encontraban respuestas en el confucianismo y taoísmo. Para el siglo IV ya se había formado la secta 'Maitreya' que criticaba a los otros budistas su inmovilismo y apoyo al poder. Entre el 477 y el 535 se sucedieron cinco revoluciones encabezadas por esa secta que quemaron los templos budistas ortodoxos. Todas ellas fueron aplastadas con brutalidad por la alianza del poder con las tres religiones oficiales.

Las tres religiones fueron instrumentos del imperio variando su utilización según las necesidades y contradicciones sociales. Cada una jugaba un papel preciso, tenía un bloque de clases al que representar y del que sacaba fuerzas y legitimidad. Pero se centralizaban alrededor del poder imperial y éste era su fundamento y razón de existencia.

2-5.- Judaísmo:

El monoteísmo fue una construcción del poder hebreo que comenzó con la centralización monoteísta del rey Josías en el 621 adne. Se trataba de la tercera etapa del judaísmo. La primera fue 1.500 adne cuando las tribus eran nómadas del norte de Arabia. Es la etapa de la religión clánica politeísta fuertemente influenciada por otras religiones más evolucionadas, incluso es posible que el nombre de Jahvé, que apareció al final de esta etapa, no fuera judío.

La segunda etapa comenzó con la sedentarización tras la conquista de Palestina. Durante la guerra se mantuvo la antigua religión siendo el llamado "período de los jueces", pero con las riquezas de la conquista aparecieron las clases sociales, la pobreza se acentuó y las nuevas clases ricas aceptaron ritos y costumbres cananeas: el dios Baal. La opresión y la miseria fueron el caldo de cultivo ya en el siglo IX adne pero sobre todo en el VIII adne de los llamados "profetas" que denunciaban la corrupción y traición religiosa. No eran sacerdotes oficiales sino miembros del pueblo que reivindicaban la reinstauración de los fundamentos religiosos históricos.

La tercera fase comenzó al ser patente la debilidad judía ante Estados circundantes muy superiores. Josías mandó escribir el 'Deuteronomio' para fortalecer la unidad política, lo cual no impidió la ocupación asiria en el 586 adne y el cautiverio hasta el 538 adne. La vuelta del cautiverio no trajo la independencia nacional sino la dominación persa que instauró en Judea un poder delegado en manos de la minoría rica político-religiosa en detrimento de las masas. Entonces se revisaron, censuraron, borraron y reescribieron los libros primeros de la Biblia.

Es en este siglo V adne cuando se oficializa el estricto monoteísmo judío tal cual aparece en el 'Pentateuco'. Artajerjes I nombró delegado suyo a Nehemías en 445-433 adne. Con permiso persa, reconstruyó las murallas de Jerusalén, prohibió los matrimonios de judíos con extranjeros, endureció el culto y expurgó los restos politeístas clánicos, pero no prohibió las ideas religiosas babilónicas que penetraron en la Biblia y de ella pasaron al cristianismo y al islamismo.

Comenzó entonces la cuarta fase, la de la diáspora. Controlado férreamente el poder interno político-religioso por la clase dominante que aceptaba a los sucesivos invasores extranjeros, cundió el desánimo y aumentó la emigración. La diáspora es la marcha de emigrantes por hambre o exiliados políticos. En Judea el poder político-religioso ayudaba al ocupante a reprimir revueltas y luchas de liberación nacional. Por fin la guerra dirigida por los macabeos en 165-142 adne logró la independencia y la mantuvo hasta la invasión romana en el 63 adne.

En el siglo I dne existían cuatro grandes partidos: saduceos, que eran conservadores; fariseos, reformistas y ortodoxos en religión; esenios, místicos y ascetas que esperaban en sus grutas la liberación pacífica y zelotes, organización armada de mayoría campesina que se enfrentaba a Roma. Hubo muchas luchas y choques locales hasta estallar dos grandes guerras de liberación: la del 66-70 dne y la del 132-135 dne. En ambas las clases dominantes judías optaron por los invasores y utilizaron la religión oficial como fuerza desmovilizadora. Venció Roma.

2-6.- Islamismo:

Mahoma elaboró su credo religioso en dos grandes fases: la primera pero no definitiva en La Meca y la definitiva y segunda en Medina. En la primera ofrece un credo abierto y dialogante; en la segunda todo lo contrario: cerrado y violento. Esta contradicción es manifiesta en el Corán y tiene su origen en las agudas diferencias socioeconómicas y de clase entre ambas urbes. Además, integró cuatro religiones anteriores: politeísmo tribal árabe; judaísmo; zoroastrismo y cristianismo. El estricto monoteísmo proviene de la fase de Medina, ciudad en la que el poder socioeconómico estaba más centralizado que en La Meca y en la que existían centros judíos y cristianos.

Mahoma no dejó nada escrito por él mismo y existen datos fundados para pensar que era analfabeto. En el 632 dne, fecha de su muerte, no había un texto codificado del Corán que se creó como tal "libro sagrado" en los años 644-656 dne cuando el califa Otmán mandó compilar todos los dichos atribuidos a Mahoma, seleccionarlos y escribirlos; después se destruyeron los no escogidos. Abd-al ibn Masud, contemporáneo de Mahoma, denunció la desaparición de críticas del profeta a las clases dominantes. El propio califa Otmán, y todos los Omeyas de Siria, era denunciado por Abu Zarr por su vida contraria al Corán que él mismo había mandado compilar.

El Corán no tiene estructura lógica interna ni orden cronológico. Sus llamados a la igualdad social y a la caridad, son muy pocos y abstractos. Insiste en la lucha contra el fraude en pesos y medidas, en apoyo a los grandes comerciantes. También es conservadora su crítica a la usura y al acaparamiento. Por eso el Corán es interpretado de muchas formas, casi todas legitimadoras del poder establecido. Sobre todo del patriarcado. El Islam recogió la misoginia de las religiones anteriores. Elevó la virilidad al máximo por necesidades militares: Mahoma prohibió la tradición de matar a las niñas recién nacidas "sobrantes". Las pérdidas de guerra las palió santificando la poligamia masculina.

Permitió a las mujeres heredar sólo la mitad de lo de los hombres.

El Islam nació envuelto en sangre. Mahoma era vengativo y cruel. Desde el principio se libró una guerra contra tribus y ciudades resistentes al islamismo. Los primeros califas, Abu Bekr y Omar, eran más estrategas militares que políticos y maestros religiosos. Las guerras giraban alrededor de los derechos nacionales y religiosos de los pueblos pero también, simbolizando todo ello, en su rechazo al diezmo o 'zakat' islámico en beneficio de La Meca y Medina y al "ejército de Alá" con el fruto del saqueo y del botín de guerra. Sin embargo, eran tales y tan duras las condiciones de explotación en imperios como el bizantino, persa y visigodo, que los musulmanes encontraron bastantes facilidades de penetración y muchos aliados sinceros.

Al poco de la muerte de Mahoma empezaron las disensiones internas por motivos de corrupción. La primera ruptura que culminó en una guerra se dio en vida de Otman. Las masas árabes empobrecidas se unieron a los que criticaban al califa su forma de vida y a quienes aseguraban que había manipulado la redacción del Corán en beneficio de los ricos. El movimiento contestatario pidió la sustitución de Otman por Alí, primo y yerno de Mahoma y devoto cumplidor de su credo. El grupo primero y principal de sus seguidores se llamaron 'jarichies' y al poco surgió una rama interna llamada 'chiies'.

La guerra se libró en 656-661 y acabó con la muerte de Alí renaciendo luchas esporádicas hasta el estallido de la gran revuelta del 744-750, exterminada por el terror. Los 'jarichies' supervivientes se dividieron en dos tendencias opuestas, una pacifista y mística y otra resistente y reivindicativa. Mientras los 'chiies' se organizaron por su parte desbordando "por la izquierda" a los 'jarichies'. Estalló la guerra en 680 siendo vencidos y su líder Husayn muerto. Pero los poderes ortodoxos no pudieron exterminan al 'chiismo'.

2-7.- Cristianismo:

Digamos dos cosas: una, aunque hay dudas razonables sobre la existencia histórica de Jesús el Cristo, no es éste un tema que ahora nos interese y otra, que sí nos interesa, es muy poca, por no decir nula, la credibilidad histórica que se debe dar a los "textos sagrados" del cristianismo. Ninguna religión se sustenta sobre tamaño cúmulo de mentiras, falsificaciones y mitos como lo hace el cristianismo.

El primer texto cristiano data del año 68 y es el Apocalipsis. Originariamente el cristianismo fue una secta hebrea que tomó fuerza fuera de Judea, sobre todo en Asia Menor y Egipto y en menor medida cuantitativa aunque sí con tremendas consecuencias cualitativas en el área cultural helénica. El cristianismo no estuvo presente y por tanto no pudo jugar ningún papel en las guerras de liberación nacional judía.

El cristianismo tuvo un largo período de formación pues empieza en la mitad del siglo I y acaba en el V con el triunfo del dogma cristológico en el Concilio de Calcedonia. A lo largo de estos 400 años sufrió tres etapas de desarrollo.

La primera etapa es la más breve pues se prolonga un poco más que el siglo I. En ella el cristianismo es una secta que espera el inminente fin del mundo, la llegada del salvador y la instauración del reino en la Tierra según se narra con pelos y detalles en el Apocalipsis, que es un libro de odio y venganza, pero de espera e inactividad escatológica mientras feroces luchas de liberación nacional judía, malestar y protestas esclavas en Roma e Italia, luchas de clases dentro de Roma, guerras de resistencia étnica o "nacional" a las legiones romana, etc., tienen lugar en muchas partes.

La segunda etapa aparece a comienzos del siglo II y crece con la estabilización de Roma a mediados del siglo. Para entonces se habían escrito ya los textos atribuidos a Pablo, muy pocos son suyos y los suyos tienen interpolaciones y traducciones sectarias. A partir de la mitad del siglo se escriben los evangelios, muy contradictorios entre sí, los Hechos de los apóstoles y algunas epístolas colectivas. Para final del siglo se constata la entrada creciente de personas ricas, de las clases dominantes, cultas y formadas en la filosofía platónica. Especial importancia tuvo Filón de Alejandría, que abrió la puerta a la helenización platónica del judaísmo.

Cuatro procesos estrechamente unidos a la posterior fundamentación dogmática del cristianismo marcan la etapa: abandono de la inminencia escatológica, del mesianismo justiciero pero pasivo e integración acelerada en el orden político establecido; impresionante sectarización de los cristianos de esa época a pesar del esfuerzo unificador; victoria de las corrientes antihebreas y aparición del mito de Judas como traidor a Jesús, que se introduce en los evangelios y último, incontenible y aceptada impregnación de múltiples religiones politeístas en los entonces núcleos fundamentales pero aún no dogmáticos del cristianismo.

La tercera y definitiva etapa va del comienzo del siglo III hasta el comienzo del siglo IV, como fase de ascenso en la escala de poder, y concluye con la fundamentación del dogma cristiano realizada en el Concilio de Calcedonia del año 451. Es entonces cuando el cristianismo adquiere su fundamento dogmático y su definitiva aleación con el poder establecido. Aun y todo así, nunca serán resueltos los problemas que ya entonces quedaron irresueltos.

El comienzo del siglo III asiste al aumento incontenible del misticismo, corrientes orientalistas, esotéricas, neopitagóricas y neoplatónicas. El cristianismo estaba en mejores condiciones que otras religiones para aceptar e integrar esas modas gracias a su estado embrionario, muy difuso e impreciso. Pero también al fortalecimiento de tres de las cuatro características ya desarrolladas en la etapa anterior, pues la segunda, la multisectarización, daría paso a la ultracentralización. Se ha sobredimensionado en extremo la tradición de las persecuciones de cristianos, aunque existieron si bien todo indica que los arrepentimientos y escaqueos fueron considerables mientras que los mártires menos de lo creído.

Para inicios del siglo IV el cristianismo era una fuerza influyente aunque no de masas. Una fuerza con mayor arraigo dentro de los poderes estatales que sociales, especialmente dentro del ejército pues el cristianismo supo asimilar casi toda la liturgia dedicada a Mitra, dios muy similar al mito entonces vigente de Jesús. Mitra contaba con amplios seguidores dentro de la oficialidad legionaria. En la guerra civil entre Constantino y Majencio, ambos dirigentes intentaron atraer a su bando a los cristianos sabedores de su fuerza en el ejército y Estado. Constantino fue más astuto y jugó mejor sus cartas. Tras la derrota de Majencio en el 312, Constantino no tardó mucho en devolver al favor al cristianismo. El edicto que lleva su nombre se redactó en el 313.

No nos importan ahora las críticas y dudas a su veracidad histórica. Sí nos importa la permanente ayuda de Constantino a la Iglesia cristiana. El emperador, que oficialmente seguía siendo un dios para la religión tradicional romana apareciendo así en sus monedas, intervino dictatorialmente en el Concilio de Nicea del 325 para imponer la tesis oficial que coincidía con los intereses del Estado. Este Concilio es decisivo en la fundamentación dogmática del cristianismo, pero aún así no derrotó definitivamente a otras sectas cristianas, la arriana en especial, y tampoco elevó su prestigio filosófico y ético-moral entre los paganos. Por eso el Estado dictó severas represiones antipaganas entre las que destacan las de los años 341, 346 y 356.

El fundamentalismo cristiano se construyó mediante una doble guerra de exterminio: al exterior, contra el saber pagano y al interior, contra corrientes cristianas que no aceptaban las tesis provenientes de la alianza de la iglesia de Roma con el Imperio romano. La violencia y la muerte fueron más decisivas en ambas que el debate y la razón.

Externamente, al principio y con las enseñanzas de Filón de Alejandría, quiso integrar al paganismo. Justiniano, Clemente de Alejandría, Orígenes, san Agustín lo intentaron. Al fracasar se recurrió a la represión. Se destruyeron la inmensa mayoría de los textos de Celso, Juliano, Porfirio, Libiano, Cecilio, Luciano de Samosata, y Simmaj no discutía por miedo. Se destruyeron bibliotecas, liceos y centros de estudios y los templos quemados, transformados en iglesias o almacenes. Se asesinó a matemáticos y sabios, como Ipatias. Las ideas paganas se conservan sólo por las citas parciales recogidas en las críticas cristianas. Leyéndolas vemos su innegable actualidad y permanencia histórica.

Internamente la lucha por la fundamentación dogmática se libró mediante guerras, presiones, amenazas y palizas dentro mismo de las reuniones conciliares, destierros y persecuciones. No debe sorprendernos: el emperador Constantino, santificado y equiparado a los apóstoles, era un criminal sin escrúpulos que asesinó a familiares suyos.

Si en el Concilio de Nicea del 325 la amenaza imperial fue decisiva, en el de Efeso del año 431 Cirilo de Alejandría llevó a un grupo de monjes para "convencer" a los disconformes. Pocos después, en el de Efeso del 449 Dióscoro llevó otro grupo al mando de Varsuna "convenciendo" a los obispos que firmasen un papiro en blanco. Dióscoro pateó en la sala al principal oponente, Flaviano, que además fue apaleado. Pese a todo, la lucha continuaba y en el 451 el Concilio de Calcedonia fue un permanente acto de presión, chantaje, corrupción y compra-venta de votos. Cuando se reza el "Credo" se reza algo impuesto suciamente. Aun así, los perdedores tuvieron que ser machacados en una guerra feroz que se extendió por Egipto, Palestina, Siria...

El fundamentalismo cristiano sólo fue admitido como tal después de recibir el visto bueno de los poderes de clase establecidos. Constantino sancionó las decisiones de Nicea. Teodosio I las de Constantinopla del 381. Teodosio II las de Efeso del 341. Marciano las de Calcedonia del 451. Justiniano las de Constantinopla del 553. Constantino Pogonatos las de Constantinopla de 680...La historia posterior del catolicismo, culto ortodoxo, anglicanismo y protestantismo, por citar los más conocidos, sólo se comprende en cuanto componentes internos de las pugnas entre poderes de clase existentes en sus momentos.

No hace falta extendernos sobre la impresionante lista de papas, patriarcas, obispos anglicanos y predicadores protestantes que durante siglos han defendido a muerte la fusión del poder terrenal con el celestial. El fundamentalismo cristiano nació, creció y se reprodujo gracias al poder del dinero y al dinero del poder. Los otros fundamentalismos religiosos no han alcanzado ese grado espeluznante de fusión consciente con los poderes establecidos, aunque también lo han hecho.

Se habla mucho de la Santa Inquisición pero olvidamos los inmensos sufrimientos humanos causados por la evangelización forzada de continentes enteros, el apoyo al tráfico de esclavos, al colonialismo e imperialismo, al oscurantismo irracional, al nazi-fascismo y franquismo, a la guerra fría y al anticomunismo fanático, a las dictaduras militares latinoamericanas, a las "democracias" occidentales, al patriarcado... Criticamos con razón a Juan Pablo II y denunciamos el asesinato interno de Juan Pablo I, pero no decimos nada de las organizaciones y sectas contrarrevolucionarias protestantes pagadas por la CIA. ¿Para qué seguir? Dios se condena a sí mismo. ¿Y la Teología de la Liberación? Hablaremos de ella en el último capítulo.

2-8.- Identidades:

El fundamentalismo es uno al margen de sus diversas expresiones. Nos hemos limitado a una muy breve descripción de sus principales manifestaciones históricas. Podemos ahora extraer cinco grandes constantes o puntos de identidad.

El fundamentalismo ha surgido en el proceso de unificación de las religiones. Estas se han formado por sedimentación de religiones y cultos más reducidos, locales o regionales, incapaces de responder a lo nuevo. Tiene importancia este origen complejo y diversificado ya que luego, en las luchas por mantener los fundamentos o readecuarlos, aparecen, reviven de manera nueva según las necesidades del presente esas diversas raíces. Ello obliga al poder que quiere asegurar los fundamentos bien a tener en cuenta esos pasados, bien a rechazarlos. Ambas alternativas traen considerables problemas. Podrá ocultarlos durante un tiempo, pero volverán a aparecer y siempre con nuevas formas que ocultan un problema histórico irresuelto e irresoluble.

El fundamentalismo aparece cuando la fracción hegemónica de la religión, tras fusionarse con el poder de clase establecido, define el dogma. Son diferentes los procesos por los que una fracción se hace hegemónica, lo decisivo es que llega el momento en el que todas han de dar el paso. Es condición previa a la elaboración de los fundamentos, el que una fracción logre la hegemonía sobre las demás. Por lo general se consigue fusionándose con los sectores más poderosos del Estado y de las clases dominantes. Una vez asegurada la posición de privilegio y poder, esa fracción dicta el dogma. El tiempo que tarda en hacerlo, las dificultades y vaivenes que se dan, etc., depende de que cada contexto político-religioso, pero ese paso está dado. Más incluso, si por las razones que fueran, el salto cualitativo no se diera nunca, la religión entraría en una lenta o rápida descomposición multisectaria.

El fundamentalismo no logra empero su absoluto éxito. Tendrá que pasar todavía una serie de exámenes prácticos resueltos siempre con violencia, fuerza del poder y miedo. Tiene que sufrir ese bautismo por dos razones: una, porque siempre hay sectores disidentes, mesiánicos o progresistas que no aceptan el tremendo giro a la derecha, o también sectores que se han aliado con otros poderes y fracciones de clase. Por muy fundamentado que esté el dogma siempre hay vacíos irrellenables, conceptos difusos y polisémicos que requieren interpretación permanente. Otra, porque además, por debajo de esos enfrentamientos, perviven los diferentes orígenes religiosos, costumbristas, clasistas y etnonacionales, que han confluido en la religión y que han tenido que ceder mucho o poco en el proceso de fundamentación dogmática. De modo que cuando se agudiza el descontento social, emergen al exterior.

El fundamentalismo, superada esa primera crisis de infancia, empero no encuentra la paz perpetua. Puede mantenerla durante un cierto tiempo según las circunstancias, pero tarde o temprano reaparecerán viejas disputas con nuevas formas o, en momentos críticos, graves escisiones. Estas nacen en momentos de tránsito de un modo de producción a otro, cuando toda la estructura material de la religión se demuestra superada por la realidad y consiguientemente su estructura ideal, pese a su autonomía relativa, queda también envejecida. Cada religión tiene sus formas de salir de la crisis. Alguna, como el cristianismo, produce ramas nuevas que se distancian mucho del tronco inicial, pero que son mucho más rentables para las nuevas clases dominantes, como los casos del anglicanismo y protestantismo.

El fundamentalismo, por último, tiene una identidad de género y una supremacía lingüístico-cultural. La primera es determinante, diciéndolo con redundancia: fundamental. El patriarcado ha sido siempre una de las instancias centrales en la dogmatización religiosa. Al margen de sus formas de expresión en cada dogma religioso, el patriarcado ha sabido y podido mantener su poder e incluso incrementarlo abandonando viejas religiones y aceptando otras nuevas. Ha podido y puede conceder algunos "derechos" a las mujeres, pero siempre relativos al contexto social y a la dinámica objetiva y subjetiva de explotación. También la supremacía lingüístico-cultural ha ido unida a los procesos de fundamentación. Cuando se han dado en un marco uninacional, han beneficiado claramente a la cultura de la clase dominante. Cuando se han dado en un marco plurinacional han beneficiado a una nación sobre otras. Las religiones proféticas han sido más opresoras nacionalmente que las sapienciales, aunque también éstas han tenido y tienen sus responsabilidades, muchas veces brutales.

 

3. FUNDAMENTALISMO CRISTIANO:

De todos los fundamentalismos, los cristianos han sido los más perniciosos porque han sido uno de los elementos básicos que han formado el cemento ideológico del modo de producción capitalista, y antes del feudalismo y de la readecuación de la última fase del esclavismo, aunque no podemos analizar las relaciones del esclavismo y feudalismo con el modo de producción tributario. Precisamente, el salto que supuso la irrupción de la mentalidad burguesa y las modernizaciones dogmáticas correspondientes introducidas por el protestantismo, tiene mucho que ver con la distancia existente entre la cosmovisión centrada en el tributo y la centrada en la venta de la fuerza de trabajo: el esfuerzo fundamentalista tridentino estaba destinado a salvar lo básico de la primera cosmovisión, de la que dependía el monopolio del poder por parte de Roma.

Hemos dicho al comienzo que el cristianismo, como unidad dogmática esencial común a todas sus variables, está más predispuesto al autoritarismo fundamentalista precisamente por su naturaleza interna, que las otras religiones. Dejando las sapienciales y ciñéndonos a las proféticas, la diferencia del cristianismo con respecto al judaísmo e islamismo nace de dos causas interrelacionadas: una, que el cristianismo, en contra de lo que se dice, lleva a un nivel más alto el contenido de odio vengativo del Yahvé del Antiguo Testamento y otra, que el cristianismo polariza en la mítica figura de Cristo, que no tanto de Jesús -la diferencia es importante- la totalidad de lagunas, vacíos, contradicciones lógico-históricas y trampas y falsedades insostenibles que han surgido en su proceso social de construcción.

El judaísmo puede descargar sus incongruencias en una larga lista de profetas y patriarcas, en una compleja red de explicaciones que incluyen la salida de emergencia del misterio kabalístico y de la libre reinterpretación de los libros. El Islam exculpa a Mahoma de la totalidad de sus incongruencias y las carga inmediatamente en un Alá dotado de todos los atributos del dios cristiano, pero con la ventaja de que, por ser dios y no hombre, a diferencia de la segunda persona de la Trinidad cristiana, está libre de toda contaminación carnal. Puede así recurrir siempre a la fe y a las libres interpretaciones que hacen las diversas escuelas teológicas.

Por desgracia para él, el cristianismo carece de refugios irracionales tan sólidos ante la crítica racional. Al contrario, su mismo galimatías y desorden teológico, son muestras de una debilidad de fondo que le obliga a una permanente reafirmación. De ahí al fundamentalismo sólo hay un trecho muy corto. Un trecho tan corto como el existente entre el Cristo crucificado por nuestros pecados y la tortura que aplica la Inquisición a un cristiano para salvarlo.

La natural e ineluctable predisposición al fundamentalismo que tiene el cristiano, proviene, como hemos dicho, de esas dos causas:

Una, el Cristo crucificado es la integración simbólica en el dogma de las tradiciones anteriores de sacrificios humanos y de canibalismo práctico y ritual. La sangre y la carne, el cuerpo real, físico y palpitante de los sacrificios humanos y del canibalismo, se transforma por el misterio de la transustanciación del Cuerpo de Cristo. El dolor atroz e insufrible de la víctima, su descuartizamiento en vida, que son actos necesarios para la expiación de las culpas humanas y la obtención del perdón de los dioses, ofendidos y enfadados, se ubica en el cuerpo divino-humano de Cristo mediante su crucifixión. El sacramento de la eucaristía, el ágape gozoso de los cristianos que se comen a su dios-hombre víctima, no solamente les une entre ellos, en comunión, sino a la vez le ata al dios-padre por cuanto éste ha sacrificado a su hijo, dios-hombre, para que mediante el sagrado canibalismo se cierren para siempre los peligros del pecado. Se hace un pacto de sangre y de carne. El alimento sagrado introduce en el cristiano una cadena eterna que le ata a su dios.

Pero como la parte humana del dios es débil, pues él mismo ha implorado en el Gólgota, ha suplicado al dios-padre que le libre del tormento sacrificial, mucho más débiles, infinitamente débiles son las criaturas humanas. Y por ello, para evitar la permanente recurrencia del pecado, el sacrificio se refuerza y recuerda con el primer mandamiento: amarás a dios sobre todas las cosas. No existe pues opcionalidad alguna, libertad de rechazo o duda: amar es un mandamiento porque el humano es débil y olvida con facilidad que ha comido la carne y ha bebido la sangre de su dios. Si la segunda persona de la Trinidad no fuera dios-hombre, sino sólo dios, estos problemas no existirían, pero entonces no existiría tampoco Trinidad, y el cristianismo ha sido construido socialmente como un sincretismo de otras religiones incapaces de responder a las necesidades de una nueva alienación funcional a la fase última del esclavismo; un sincretismo en el que el misterio de la Santísima Trinidad -irracional donde los haya- es básico para sostener el enclenque andamiaje alienador en la fase de descomposición del Imperio Romano.

Cuando el amor es un deber impuesto por mandamiento, una obligación que de no cumplirse acarrea un pecado mortal, entonces, por su misma lógica, el poder monopolizador del dogma tiene no sólo derecho a advertir al pecador, sino obligación de salvarlo de la condenación eterna. Al fin y al cabo, Cristo se inmoló en el sacrificio humano, dando su cuerpo como alimento de redención. Y si él lo hizo, los cristianos también tienen sus obligaciones. De inmediato, pues, nace la justificación del control, de la censura, de la inquisición, de los mecanismos de mantenimiento del dogma frente al pecado. Y en determinados momentos críticos, esa débil frontera se cruza para dar paso al fundamentalismo de turno. En realidad, el primer acto fundamentalista del cristianismo fue la crucifixión de Cristo.

Pero el problema se agrava con la segunda causa de la ineluctabilidad fundamentalista cristiana: el desconocimiento de quién, qué y cómo es Jesús el Cristo. Personalmente, soy de los que piensan que es bastante complicado sostener la historicidad concreta de Jesús como individuo real. Pienso que si se le aplican las exigencias de rigor metodológico exigibles a su época, resulta cuando menos problemático asegurar al cien por cien su concreta y real historicidad individual, aunque tampoco se puede, en base a los conocimientos actuales, sostener lo contrario, es decir, que no existiera en absoluto. Tal vez los papiros de Qumram pudieran demostrar la existencia histórica de Jesús, pero hasta ahora, que yo sepa, no se ha encontrado ningún texto que lo cite. Para acabar la disgresión, por demás secundaria en estos momentos, diré que, para mí, la hipótesis más plausible es que los Jesús que conocemos partieron de un Jesús mítico construido en base a referencias contradictorias, parciales y borrosas de varios sujetos históricos y reales que se destacaron en aquellos tensos tiempos, que dejaron diversas improntas y recuerdos y que, bajo la presión de los acontecimientos y las dificultades de compilación contrastable, más la necesidad social del poder, confluyeron en la imagen primera, paulina, de Jesús, después de ser filtrados y depurados por cedazos sucesivos.

Pero incluso esta imagen, recogida en el Credo de los Apóstoles tal cual se oficializó en Calcedonia, es contradictoria consigo misma y falsa con respecto a la realidad histórica del momento en el que se supone vivió Jesús. De hecho, las innegables diferencias entre los evangelistas sugieren que éstos debieron escoger entre tradiciones diversas, optar por algunas abandonando otras. La fuerte presión de religiones que nada tenían que ver con el judaísmo así como el desconocimiento de la lengua que debió hablar Jesús, condicionaron desde el principio la selección, traducción y ensamblaje dentro de un corpus religioso aún abierto, echando por la borda otras versiones y recuerdos de hechos pasado. Mas como al poco tiempo se inició la depuración de las tesis que no convenían para la confluencia del cristianismo con el poder romano, se aceleró así la dinámica de construcción desde el poder conjunto del dogma definitivo.

Quedaron así sin respuesta -no la podían tener, tampoco- interrogantes graves que una y otra vez reaparecerían como siniestros y diabólicos movimientos contestatarios: ¿qué dijo realmente Jesús sobre la riqueza? ¿Qué significa eso de al César lo que es del César y a dios lo que es de dios? ¿Y la espada de Pedro y eso de que quien a hierro mata, a hierro muere? ¿Era dios o no? ¿Por qué imploró en el Gólgota si era dios? ¿Era judío o galileo? ¿Profetizó la inmediata llegada del Reino o no? ¿Por qué entonces no se cumplían sus profecías? ¿No era el Mesías redentor y justiciero? ¿Por qué no repetía la Iglesia el milagro de los panes y de los peces? ¿Por qué no curaba la Iglesia a los tullidos, enfermos y ciegos? ¿Acaso la Iglesia no había sido instaurada por Jesús? ¿Era la Virgen una diosa? Estas y otras muchas interrogantes, que fueron la causa directa de miles y miles de perseguidos, represaliados y muertos en tortura o en guerra contra herejes, nos llevan a dos cuestiones: una, no sabremos nunca quién y como era Jesús, al margen de si realmente existió y otra, que desde luego, no fue como lo presentan las Iglesias y poderes político religiosos.

Intuimos los puntos centrales de choque entre el Jesús que pudo existir y el Jesús oficial. Pero basta esa simple intuición, o si se quiere borroso y difuso conocimiento, para sembrar la discordia, ansiedad e inquietud en las Iglesias dominantes. La endeblez e inseguridad de fondo del dogma hace que una simple duda tambalee todo el montaje. Se ha presentado la historia de Roma, y de la teología, como la de una sólida roca que resiste impávida todos los envites de las fuerzas del mal. No es cierto. La historia de Roma es la historia de la permanente intervención de fuerzas político-militares y económicas en defensa de la débil teología. Frente al peligro de la duda razonada, la fuerza del acero.

3-1.- Antecedentes:

Hemos visto cómo en el cristianismo del siglo V el culto a dios era el culto al poder. No podemos hacer aquí siquiera una breve enumeración de los sucesivos pasos mediante los cuales el cristianismo fue soldándose más y más internamente con el poder en general y con sus formas concretas. Existe abundante y rigurosa bibliografía sobre las relaciones entre Roma y el imperio carolingio -la tarea histórica de Carlomagno en extender con la espada el culto a la cruz, dejando tras sí decenas de miles de muertos- y el sacro imperio romano-germánico. Otro tanto podemos decir del imperio bizantino y de la Iglesia ortodoxa.

Vamos a referirnos sólo a los momentos realmente decisivos en los que el cristianismo, en cualquiera de sus corrientes, ha tenido que fortalecer, reafirmar o transformar sus fundamentos dogmáticos siempre en su esencial aleación con el poder de clase, patriarcal y etnonacional dominante.

3-2.- Precapitalista:

El primero fue el de las llamadas "cruzadas" que va del 1074 al 1291. Durante este tiempo, dentro del cristianismo y de la sociedad feudal se dieron cambios irreversibles. El fundamentalismo actuó hacia el exterior y hacia el interior pero la figura central en su modernización fueron Alberto el Grande y especialmente, Tomás de Aquino (1225?-1274). Desde la perspectiva teórico-crítica de este texto, lo que más nos interesa de la tarea de ambos teólogos, además de la 'Summa Theologica', obra central aun hoy en el fundamentalismo cristiano al margen de sus corrientes, del segundo, sino sus significativas aproximaciones a una especie de "ley del valor", es decir, a comprender la dinámica económica en un momento en el que el dinero empezaba otra vez a enseñorearse de la sociedad.

Este esfuerzo no resultaría baldío a pesar de que durante años y años la doctrina oficial de Roma siguiese condenando la usura. La importancia del acercamiento de Alberto el Grande y Tomás de Aquino a una especie de ley del valor de la fuerza de trabajo, radica en que plantó la semilla para que posteriormente pudieran darse dos adaptaciones del dogma cristiano a las necesidades de la burguesía en ascenso: la primera, el movimiento reformista llamado protestantismo, que en realidad es mucho más amplio y complejo, y la segunda, bastante más tardía, la aceptación definitiva del capitalismo por Roma. De cualquier modo, llama la atención que el renacimiento teológico cristiano se diera gracias a la recuperación y reinterpretación de Aristóteles que también había avanzado sorprendentes ideas sobre la escabrosa cuestión del valor de la fuerza de trabajo humana.

Debiéramos remontarnos ahora, siquiera con brevedad, a lo anteriormente dicho sobre la esencial imbricación del cristianismo con la lógica del beneficio de la economía dineraria, y a la vez, tras pasar por las tesis de Weber sobre las relaciones del capitalismo con la ética protestante, en el actual esfuerzo legitimador del neoliberalismo no sólo como práctica estrictamente económica, sino ético-moral. También tendríamos que introducir en esa reflexión el rechazo vergonzante de la Teología de la Liberación de la crítica marxista de la economía capitalista, pues nos haría comprender una de las impotencias genéticas del cristianismo: al rechazar la dialéctica materialista, atea militante, no puede comprender la crítica marxista de la economía burguesa, lo que le lleva a optar por la reacción o a moverse en el inseguro suelo de la ambigüedad, como le sucede a la Teología de la Liberación.

Ocurre que, en contra de lo que se dice, el cristianismo defiende antes la propiedad privada que la propiedad colectiva. No es casualidad, ni mucho menos, que precisamente fuera en esta fase precapitalista, es decir, anterior a su irrupción definitiva en el siglo XVII, cuando se decretasen en Europa dos feroces cruzadas de exterminio de sendas herejías que, indirectamente la primera y más decididamente la segunda, cuestionaban la propiedad privada según se expresaban entonces. Me estoy refiriendo a la lucha contra los albigenses o cátaros justo en vida de Tomás de Aquino -Montsegur fue arrasado en 1244- y la posterior cruzada contra los husitas. Roma, y el resto de poderes, comprendieron que además de reivindicaciones de clase, etno-culturales y de género, también palpitaban reivindicaciones que cuestionaban la forma que entonces adquiría la propiedad privada. No se puede negar las repercusiones de tal contexto en la evolución teológica.

El segundo fue el de la ruptura dentro del cristianos occidental, ya antes se había escindido el cristianismo oriental con la consiguiente pugna fundamentalista. En realidad, esta segunda fase dura desde el inicio del Renacimiento hasta el Tratado de Westfalia de 1648 teniendo diversas subfases que no podemos detallar. Lo que marca a esta fase es la aparición de una corriente cristiana especialmente apta y funcional para la expansión histórica capitalista a escala mundial. Dos son los grandes bloques de poder fundamentalistas enfrentados: el católico que se reorganizó y contraatacó con el largo Concilio de Trento, y el que podemos englobar dentro del término "protestante".

Hay tres características comunes a ambos fundamentalismos: una, persecución de las masas oprimidas una vez afianzados en el poder. Los protestantes, fueran luteranos, calvinistas o anglicanos-metodistas de Cromwell, no dudaron ni un instante en depurar sus ejércitos y destrozar las organizaciones campesinas y artesanas. Dos, sobre todo los luteranos y calvinistas, persecución o tolerancia vigilante, en el caso inglés, de los avances científicos y la mentalidad laica, agnóstica, atea y materialista que ya despuntaban en los albores del siglo XVII y último; tres, apoyo legitimador al genocidio colonialista, con verdadero fervor cristiano y evangelizador capaz de palidecer el de las cruzadas matamoros.

3-3.- Capitalista:

El tercero fue el ya analizado en el cptº 1º, en el que históricamente aparece el término de "fundamentalismo". Cada una de las corrientes cristianas tuvo su evolución particular. La que a nosotros nos atañe, la católica, empezó en 1871 cuando con la independencia y unificación de Italia desapareció el Estado Vaticano. Un esfuerzo sistemático de refundamentación dogmática que tuvo sus ejes en cuatro puntos: dogma de la Virginidad de María; dogma de la infalibilidad papal; persecución del "modernismo" y condena del comunismo con la aceptación del capitalismo reformado con la "doctrina social" católica. La estrategia de Roma hasta los años sesenta de este siglo, con el pontificado de Juan XXIII, aun sufriendo cambios contradictorios a nivel táctico, se caracterizó por dos constantes: una, abrirse progresivamente al poder de EEUU y en especial al de su banca y otra, total enfrentamiento al comunismo variando los apoyos tácticos a las diversas fuerzas capitalistas según los vaivenes del momento.

El cuarto y último momento de ofensiva fundamentalista es el actual. Cada corriente cristiana sigue ritmos propios pero se unifican en una gran ofensiva destinada a salvaguardar tres objetivos: uno, la supremacía de la "civilización occidental"; dos, el control de la actual revolución tecnocientífica y de sus consecuencias materiales, sociales, políticas, filosóficas y epistemológicas y último, tres, preparar las condiciones que determinarán los próximos problemas religiosos como resultado del caos civilizacional mundial. Las crecientes reuniones entre teólogos de las tres corrientes para ver cómo acortar y reducir distancias buscan eso. Cierto es que en otras épocas también se han mantenido encuentros similares, pero ahora es más fuerte la consciencia de concretar siquiera algunos puntos de unión más sólidos.

En el caso católico, este cuarto momento empezó prácticamente al poco de acabar el Concilio Vaticano II. Es sabido que el hamletiano e indeciso Paulo VI no pudo ni tampoco se atrevió del todo a