| Antropología
e Historia (desaciendo mitos)
Qué es el fundamentalismo?
Crítica del poder occidental y cristiano
1.- ¿Fundamentalismo?
1-1.- Occidente.
1-2.- Próximo Oriente.
1-3.- Extremo Oriente.
1-4.- Diferencias e Identidad.
1-5.- Fundamento e integridad.
2.- El poder como fundamento.
2-1.- Nota sobre el "poder".
2-2.- Hinduismo.
2-3.- Budismo.
2-4.- Confucianismo.
2-5.- Judaísmo.
2-6.- Islamismo.
2-7.- Cristianismo.
2-8.- Identidades.
3.- Fundamentalismo cristiano.
3-1.- Antecedentes.
3-2.- Precapitalista.
3-3.- Capitalista.
3-4.- Constantes.
4.- Cristo, dólar y Corán.
4-1.- Memoria histórica.
4-2.- Fundamentalismo yanki.
4-3.- Hasta 1946.
4-4.- Hasta 1973.
4-5.- Hasta hoy.
4-6.- El ganador.
5.- La libertad humana.
5-1.- Impotencia de la izquierda.
5-2.- Responsabilidad histórica.
5-3.- Libertad y dogma.
5-4.- Cinco mandamientos.
5-5.- Cinco prácticas.
5-6.- Liberación y dios.
1. ¿FUNDAMENTALISMO?:
1-1.- Occidente:
En el tránsito del siglo XIX al XX las tres
grandes corrientes del cristianismo -católicos, ortodoxos
y protestantes- se enfrentaban a una dura pugna interna y externa.
Cada una de ellas y el cristianismo en su conjunto debía
recomponer sus bases esenciales muy seriamente cuestionadas por
el desarrollo implacable de lo que se definió como "modernidad",
una mezcla explosiva de cuatro factores: Una era la expansión
capitalista que entraba en su fase imperialista extendiendo e intensificando
la explotación de pueblos enteros. Otra era la expansión
científica y tecnológica implacable, al margen ahora
de las concepciones mecanicista que la sustentaban. Además,
estaba la crítica rigurosa de la dogmática religiosa.
Y por último, el clima creado por la conjunción del
movimiento obrero dentro del capitalismo central y luchas coloniales
de liberación y primeros cuestionamientos radicales del occidentalismo.
Las tres corrientes cristianas reforzaron su identidad
propia contra las críticas internas y externas. El catolicismo
reprimió duramente a la llamada "desviación modernista"
que cundió en EEUU y Europa reafirmando la tradición
a lo largo de los pontificados de León XIII y Pío
X. El protestantismo creó en 1909 el Instituto Bíblico
afincado en la ciudad de Los Ángeles que editó 12
volúmenes con el título de "Los Fundamentos"
en los que se desarrollaban los 5 puntos básicos consensuados
en 1895. La Iglesia Ortodoxa amplió su apoyo al zarismo desde
finales del XIX y tras la revolución de 1905 incrementó
su intervención directa y pública hasta grados que
para sí hubiera querido Jomeini. En realidad, las tres corrientes
partían de una base común: la creencia en que ellas
eran las únicas y exclusivas depositarias del tesoro de la
fe, del mandamiento de "amarás a dios sobre todas las
cosas". Como luego veremos, el fundamentalismo cristiano tiene
su origen en ese mandamiento básico.
El "fundamentalismo" aparece históricamente
entonces como concepto fuerte que expresa el proceso de recuperación
y reafirmación de los "fundamentos" irrenunciables
en situaciones de crisis. Ciertamente, los "fundamentos"
del cristianismo estaban siendo desmontados: la teoría de
la evolución de Darwin, las leyes de la Termodinámica,
las investigaciones sobre la historicidad de la Biblia y las razonadas
dudas sobre la existencia real de Cristo, la irrupción del
marxismo, la crítica psicoanalítica al cristianismo,
la laicización social...
Por otra parte, actuando como sustento ideológico,
el pensamiento burgués estaba cada vez más penetrado
por un pesimismo derrotista, por una visión apocalíptica
que contrastaba abiertamente con el optimismo juvenil de la burguesía
revolucionaria de finales del XVIII y comienzos del XIX. El segundo
romanticismo, el que giró a la derecha renegando de los valores
del conocimiento y mitificando un pasado escrito por las minorías
ricas. Schopenhaur, Spengler, Lombroso y su criminología,
el genetismo racista potenciado por los Estados occidentales para
controlar la emigración. El darwinismo social.
A final del siglo XIX se populariza el concepto de
"integrismo": un partido "integrista" español
defiende la unidad del Estado amenazada por los separatismos internos
y la descomposición imperial. También empiezan a oírse
dentro del catolicismo opiniones "integristas" que reivindican
la vuelta a la "integridad" del dogma; pero el "integrismo"
religioso tardará más tiempo en coger fama, aunque
era utilizado ya en las discusiones internas. Luego perdurará
una corriente integrista que penetra vía Vaticano en movimientos
políticos católicos que no dudan en adaptarse y hasta
integrarse en los fascismos según las peculiaridades estatales
y los problemas históricos irresueltos de las burguesías
a las que sirven.
1-2.- Próximo Oriente:
Mientras esto sucedía en Occidente en los amplios
territorios musulmanes se libraba una lucha idéntica en el
fondo pero diferente en la forma. Allí, sin recurrir al concepto
de "fundamentalismo" se sostuvo un ensangrentado enfrentamiento
teológico entre los renovadores y los ortodoxos islámicos.
La causa histórica ha de buscarse en los efectos desestructuradores
de la implacable penetración colonial y las consecuencias
sociales inevitables: occidentalización de las clases dominantes
y de las castas religiosas, corrupción pública, pobreza
creciente de las masas, abusos y desprecios de los extranjeros cada
vez más numerosos y chulos.
Sí hubo una diferencia cualitativa con respecto
al "fundamentalismo" e "integrismo" occidental:
los movimientos de vuelta a la tradición, de recuperación
de lo propio, de integración de lo que se estaba desintegrando
bajo la presión occidental, fueron movimientos populares
armados que pasaron a la violencia defensiva. Hubo dos fases: en
la primera fueron movimientos populares claramente progresistas
con reivindicaciones similares a las exigidas por las revoluciones
campesinas y burguesas europeas contra el feudalismo y absolutismo
católicos. Esta fase se dio entre 1795, 1831 y 1852 en el
imperio turco, Irán e India terminando en derrotas militares.
Renació en India en 1864-1868, concluyendo en una derrota
aplastante. Tales luchas se nuclearon alrededor del wahhabismo y
babidismo.
La segunda fase está marcada ya por otras condiciones
estructurales. El colonialismo había aprendido de las luchas
anteriores. Las clases dominantes musulmanas y las castas religiosas,
que ayudaron fielmente a Inglaterra a liquidar a los wahhabitas,
estaban totalmente desprestigiadas. Dentro de la intelectualidad
musulmana aparecieron grupos claramente "progresistas"
prooccidentales, pacíficos y colaboracionistas en la práctica.
La occidentalización estaba mucho más avanzada y las
relaciones de explotación capitalistas más endurecidas.
Las reacciones de respuestas se aglutinaron alrededor
de los musulmanes ortodoxos capaces de rescatar las formas tradicionales
de ayuda y solidaridad mutua, de argumentar en base al Corán
la necesidad de mantener el control de la usura y la prohibición
de la banca privada, de presentar un proyecto cultural propio contra
la occidentalización, de criticar con su rectitud personal
la corrupción colaboracionista de los "reformadores",
de legitimar teológicamente la necesidad de la "guerra
santa" o 'jihad' por parte de las masas empobrecidas.
De entre los movimientos de respuesta de esta segunda
fase destacan dos: el que se desarrolló a partir de 1885
en amplias zonas de Arabia, Egipto y Sudán centralizado por
el mahadismo, y el que estalló en 1911 en los territorios
ocupados por Italia centralizado por el senusismo. Hubo otros, sobre
todo en lo que eran entonces las "posesiones" de los Estados
francés y español en lo que hoy es Argelia y Marruecos.
En el primero, Inglaterra tuvo que recurrir a todo
su poder militar y al descarado colaboracionismo de las clases dominantes
y de las castas religiosas corruptas para ganar al fin la guerra
en 1898 destruyendo el Estado teocrático ortodoxo del Sudán.
Victoria también favorecida por las agudas disensiones internas
al mahadismo al fracasar en sus promesas de justicia social y control
de la minoría enriquecida.
En el segundo, la victoria italiana no fue nunca completa
ni definitiva, reapareciendo posteriormente la lucha popular armada
en Libia cuando el fascismo lanzó la segunda ofensiva imperialista.
No hace falta decir que en ambas ofensivas, el Vaticano, que había
excomulgado al gobierno de Roma en 1871, no dudó en apoyarlo
totalmente legitimando la "cristianización" y la
"tarea civilizatoria". También es cierto que los
senusitas no tuvieron apenas apoyo de otros movimientos pues ellos
mismos se habían negado en 1885 a aliarse con los mahaditas.
Tenemos un cuadro bastante aproximado de lo que era
el fundamentalismo cristiano y los movimientos ortodoxos musulmanes
de respuesta popular armada al colonialismo capitalista. Más
adelante veremos cómo ese colonialismo, que de inmediato
entraría en su fase imperialista, se justificaba en el fundamentalismo
occidentalista cristiano como tarea civilizatoria intrínsecamente
buena y justa. En 1944 EEUU añadiría a esa "civilización"
los mitos de "desarrollo" y "progreso".
1-3.- Extremo Oriente:
Pero también el mismo proceso aunque con diferencias
específicas se estaba dando en Asia. No nos vamos a extender
en las discusiones entre los "modernistas" y los "tradicionalistas"
dentro del budismo ceilandés de la época. Tampoco
lo haremos en la evolución del hinduismo hacia una mayor
centralización en la figura de Ramakrishna muerto en 1886
y radicalización en los sihks frente al colonialismo inglés
e islamismo que aumentaba su poder en gran medida debido al apoyo
colonial, que lo usaba como fuerza de contención y estabilidad
una vez destrozado el wahhadismo. Sí lo haremos, por su obvia
importancia, en los procesos habidos en Japón y China, por
este orden.
A comienzos del siglo XVI los comerciantes europeos
habían introducido en Japón el cristianismo en su
versión católica. La reacción nacionalista
unificadora lo prohibió a finales del XVI y hasta 1854 Japón
no sufrió agresiones occidentales, cuando la armada yanki
abrió a cañonazos el hermetismo nipón. El impacto
por las condiciones yankis fue tal que surgió un nuevo nacionalismo
que tomó el poder con la revolución Meiji de 1867,
unificando el país al vencer a los poderes feudales propensos,
como en el siglo XVI, a negociar rendiciones particulares con los
invasores occidentales.
Una de las medidas del gobierno fue oficializar el
culto sintoísta en detrimento del budista en 1868. El sintoísmo
era -lo fue hasta enero de 1946- la religión oficial, estatal
e imperial. El sintoísmo adoraba al emperador como dios y
a los dioses familiares como guardianes de la tradición y
sirvientes del emperador. Por contra el pueblo rendía culto
a un sincretismo sinto-budista que no satisfacía las necesidades
centralizadoras del nuevo nacionalismo antioccidental. Expulsado
el cristianismo había que controlar al budismo. Pero las
duras medidas de marginación del budismo no surtieron efecto
por su arraigo popular y en 1889 se le rehabilitó de nuevo
manteniendo la primacía sintoísta. Sobre estas bases
político-religiosas, Japón se lanzó a una intensa
industrialización, militarización y expansión
geográfica justificada con la ideología panasiática
antioccidental.
En China la irrupción del occidentalismo y
del fundamentalismo cristiano fue inmensamente más dañina
por la misma debilidad del gobierno. A finales del siglo XIX franceses,
rusos, alemanes y japoneses presionaban para arrancar concesiones
económicas, territorios y puertos y por asegurar la impunidad
oficial de múltiples "misioneros" protestantes,
católicos y ortodoxos. Se revelaron en muchas ciudades sociedades
secretas y movimientos populares, especialmente los llamados bóxeres,
que reivindicaban la vuelta a las tradiciones nacionales chinas
que en esos momentos se expresaron de forma conservadora pero antioccidental.
La sublevación popular cercó las legaciones
internacionales en Pekín en verano de 1900. Un ejército
internacional formado por unidades de las potencias arriba citadas
más EEUU fue a liberarlas ocupando Pekín un año
entero. Después obligó al gobierno chino a leoninas
concesiones de todo tipo. El fracaso de la dinastía manchú,
de su ejército y de las sublevaciones populares, animó
a las fuerzas progresistas y revolucionarias para forzar la instauración
de la República en octubre de 1911, abriendo un largo período
de conflictos armados, guerras de liberación y revoluciones
sociales que culminaría en la victoria del Partido Comunista
Chino en 1949.
1-4.- Diferencias e Identidad:
Después de este rápido repaso de las
principales luchas defensivas de los pueblos no europeos a la colonización,
fundamentalismo e integrismo cristiano, que le legitimaba incluso
antes de popularizarse el propio término, podemos extraer
cuatro diferencias y una identidad:
Una, el fundamentalismo cristiano respondió
no a agresiones externas no eurooccidentales, sino a contradicciones
específicamente internas, propias, exclusivas del cristianismo
dentro de la sociedad capitalista occidental, mientras que absolutamente
todos los movimientos y luchas de resistencia anticolonial y antioccidental
tenían contenidos anticristianos por cuanto ésta religión
era el cemento legitimador de las agresiones que sufrían.
El cristianismo había fusionado su suerte histórica
a las clases dominantes romanas ya en el siglo IV, aunque la había
unido un siglo antes. Es más, en cuanto creación no
de Cristo, sino de los grupos de la Anatolia bajo la dirección
de Pablo, el cristianismo era desde su mismo nacimiento una religión
incomprensible al margen de la lógica dineraria inherente
al pensamiento grecorromano. La permanente tensión entre
Yahve y Baal, limosna y usura; las contradicciones evangélicas
en todo lo relacionado con el dinero y su rentabilidad, la tesis
central del cristianismo de Pablo de la evangelización de
los gentiles como inversión ideológica de la expansión
dineraria y comercial grecorromana, todo esto, que es una de las
almas del cristianismo y que renacerá con el protestantismo
y calvinismo, y actualmente con la versión católica
del neoliberalismo, que la hay, hace que el cristianismo tenga una
fuerza fundamentalista endógena, interna, no exógena,
producto de la necesidad de defenderse de agresiones exteriores,
de enemigos llegados de fuera.
Dos, mientras que el fundamentalismo cristiano en
sus tres corrientes contó con el apoyo entusiástico
de las clases dominantes europeas en sus respectivas áreas,
sucedió al contrario en los movimientos de respuestas -a
excepción de Japón por especiales condiciones- que
no tuvieron otra alternativa que enfrentarse a una "alianza
de dinero" entre las potencias occidentales y sus clases dominantes,
incluida la lucha china pues los bóxeres no contaron con
todo el apoyo institucional. Frente a la "alianza de dinero"
muchas veces existió "alianza de tradición",
es decir, movimientos interclasistas y populares defendiendo con
las armas las costumbres y tradiciones propias.
Debido al carácter endógeno del fundamentalismo
cristiano, las clases dominantes nunca han tenido problemas serios
tanto en apoyar procesos involucionistas, como en impulsarlos e
incluso exigirlos. Naturalmente, hay que introducir aquí
dos cuestiones importantes: las diferencias y hasta choques entre
clases propietarias en ascenso o descenso y, unido a ello, los proyectos
nacionales inseparables a cada uno de esos bloques. Por ejemplo,
el proceso de reafirmación fundamentalista de Inocencio III
contra los albigenses o cátaros contó con el apoyo
e impulso de determinadas fracciones de las clases dominantes en
abierta confrontación con otras. En la Europa de finales
del XII y comienzos del XIII, prácticamente durante todo
est siglo, también el "problema cátaro"
expresó uno de los inicios de las posteriores reivindicaciones
nacionales. Por ejemplo, siguiendo esta tónica, las guerras
husitas posteriores respondieron a agresiones fundamentalistas que
también eran de defensa de intereses nacionales opresores
tal cual se vivían en el XV las masas campesinas, artesanas
y hasta sectores empobrecidos de la nobleza checa.
Tres, mientras que el fundamentalismo cristiano en
sus tres corrientes tenía un único sentido reaccionario,
no sucedió así en las luchas y movimientos de respuesta
no occidentales ya que éstos a la vez estaban condicionados
por la historia propia de cada país o región sociocultural
amplia, de modo que unos fueron conservadores y otros progresistas,
pero sólo el japonés fue reaccionario como lo demostró
en su agresión a China -no confundir conservadurismo con
reaccionarismo- y sí todos fueron antioccidentales y anticristianos,
aunque luego desarrollaran fuerzas capitalistas.
No es posible encontrar un fundamentalismo cristiano
revolucionario, ni incluso la Teología de la Liberación
de la que hablaremos al final. Roma ha ido reafirmando y reconstruyendo
las partes dañadas del dogma, a la vez que ampliándolo
según las necesidades del momento, en respuesta a los procesos
centrífugos y secesionistas que cuestionaban su cetro, ya
desde el inicio mismo de la formación de su poder político-teológico
y militar-teológico. Otro tanto hay que decir de Bizancio
y más tarde del Patriarca de Moscú. No hace falta,
pensamos, exponer ahora la historia asesina del protestantismo una
vez asegurado el poder de la alianza entre príncipes y burguesía
ascendente, es decir, su conversión en otro fundamentalismo
práctico. De igual modo, la vigente contrarreforma fundamentalista
vaticana es profundamente reaccionaria y antidemocrática.
Cuatro, mientras que el fundamentalismo cristiano,
en base a su unidad reaccionaria, dio nuevas legitimidades al imperialismo,
las luchas de respuestas aun siendo derrotadas o integradas en los
poderes establecidos aumentaron la legitimidad de las crecientes
luchas de liberación nacional y social, incluso en el caso
japonés ya que su victoria en 1905 sobre el zarismo destrozó
el mito de la invencibilidad occidental e incrementó sobremanera
el orgullo panasiático.
La práctica histórica del fundamentalismo
cristiano nos exige enriquecer el concepto de imperialismo, que
lo aplicamos exclusivamente al período histórico posterior
a la fase colonialista del Capital. Pero, en realidad, desde una
perspectiva histórica más prolongada, debemos entender
por imperialismo el conjunto de agresiones estratégicas y
globales en beneficio de un poder opresor. Podemos así entender
más científicamente, por ejemplo, la tarea del cristianismo
en el imperialismo de Carlomagno contra los sajones; en el de la
Orden Teutónica contra los eslavos del centro y norte europeo;
en el de las cruzadas en Oriente Próximo y Medio, etc. Nada
de esto ocurre en los fundamentalismos de respuesta. Tocamos así
un problema teórico apenas investigado aún y al que
nos hemos referido anteriormente: el de las relaciones del militarismo
con la teología. También aquí hemos de decir
que en nada se parece la tarea y contenido de clase del fundamentalismo
cristiano con los fundamentalismos de respuesta.
Ahora bien, esas innegables diferencias no pueden
ni deben ocultar una identidad de fondo: todos fueron movimientos
religiosos al margen del carácter profético -cristianismo
e islamismo- o sapiencial -budismo, sintoísmo, confucianismo
y taoísmo- de cada uno de ellos. Ninguno fue un movimiento
laico y secular, y mucho menos ateo y consecuentemente materialista.
Es decir, todos tienen dos bloques de características comunes:
la identidad religiosa centrada en cinco mandamientos esenciales
a todos ellos y la identidad de motivación esencial al responder
a otras cinco situaciones de crisis de sus fundamentos últimos.
Es esa identidad la que le impele a defender en la
práctica una misma filosofía sobre la existencia humana
y por tanto, un mismo criterio anticientífico sobre el potencial
emancipador del conocimiento. Y de aquí surge, al final,
la natural tendencia de todas ellas a reaccionar en base al autoritarismo
fundamentalista, aunque en un principio unas se defendieran de otras.
Pero no podemos pasar por alto una aplastante experiencia
histórica: las diferencias significativas, aun siendo todas
ellas religiones, que existen en su interior con respecto a dos
bloques de prácticas: uno, el formado por el contenido contradictorio
interno de lo utópico, mesiánico y liberador, y otro,
muy unido a este por su génesis, la representatividad contradictoria
interclasista o preclasista de cada religión. Ambos tienen
una gran importancia a la hora de comprender los diversos comportamientos
y en el momento de pasar de una definición general del fundamentalismo
a su verificación concreta. En realidad se trata del problema
de la debilidad de cada religión o grupo de religiones para
resolver transitoriamente la dialéctica de lo esencial y
de lo fenoménico. Hablamos de debilidad o si se quiere de
incapacidad, que no de capacidad o fuerza para lograrlo. Una de
las causas del fundamentalismo es precisamente esa debilidad interna
y consustancial a toda religión. De entre todas las que hemos
citado, la cristiana es la más débil y por ello la
más brutal e inhumana.
Son las religiones proféticas las que más
arrastran esa debilidad y las sapienciales, aun siendo religiones,
las sobrellevan mejor. Ello es debido a que las sapienciales apenas
han generado componentes utópicos, milenaristas y mesiánicos
en su interior ya que provienen de sociedades en las que la división
de clases no estaba tan agudizada.
Aunque con diferencias en la evolución social,
las sociedades de la India, China y Japón, no habían
avanzado tanto en la escisión clasista como la sociedad judía,
la grecorromana y las sociedades del Oriente que construyeron la
dogmática islámica. Resumiendo: Las religiones proféticas
-judaismo incluido- nacieron en momentos de profunda e irreconciliables
escisión clasista mientras que las sapienciales en sociedades
divididas en castas o con poca división clasista.
Las tensiones clasistas escinden y refuerzan al judaísmo,
cristianismo e islamismo. Se trata de un proceso contradictorio
de construcción social, cargado de presiones e intereses
y que va dejando un rastro sangriento tras la marcha de las discusiones
teológicas. En el budismo, confucianismo, taoísmo
y sintoísmo lo que sucede por lo general es una pugna entre
religiones pues cada una de ellas es representante de un bloque
social, aunque también una clara injerencia de los poderes
políticos como fuerzas fundantes del dogma. El caso mixto
del hinduismo es revelador. Las luchas intermitentes a cuatro bandas
-cristianismo, islamismo, hinduismo y budismo- que nos retrotraen
a períodos ya vistos y a posteriores a la independencia de
la India y la partición de Pakistán y Bangla Desh,
son una muestra del potencial movilizador de una religión
mixta en un contexto cargado de toda serie de contradicciones materiales
y simbólicas.
Concedemos extrema importancia teórica a las
cuestiones que hemos tocado y en el último capítulo
dedicado al fundamentalismo como tal y a la libertad humana, volveremos
sobre ellas extensa e intensamente.
Ahora vamos a acabar este capítulo explicando
la tesis según la cual el fundamentalismo es una ruptura
específica y única de la dialéctica entre lo
esencial y lo fenoménico. Lo expuesto hasta ahora nos sirve
de soporte ejemplarizador y el capítulo inmediatamente posterior,
el 2º, será una aplicación de lo teórico
a la evolución del cristianismo.
1-5.- Fundamento e integridad:
Hemos visto cómo el fundamentalismo cristiano,
en cuanto definición moderna que no en cuanto práctica
histórica, aparece en un momento especialmente crudo para
esa religión. En ese momento sus tres corrientes más
importantes optan por reafirmar los "fundamentos" frente
a las innovaciones y mantener su "integridad". Y aquí
surge el problema: ¿cuáles son esos "fundamentos"
y cual su "integridad"? Más aún: ¿cuál
es la filosofía del fundamentalismo como sistema de reafirmación
del dogma? O si se quiere expresarlo de otro modo ¿se puede
hablar de un método fundamentalista? De ser cierto ¿qué
relación guarda con el método científico el
método fundamentalista? Es aquí donde se rompe la
dialéctica entre la esencia y el fenómeno. Se rompe
porque el cristianismo, como cualquier religión, tiene un
criterio definidor del "fundamento" y de la "integridad"
que no resiste los envites de la realidad siempre cambiante.
Para el cristianismo los "fundamentos" están
en la Biblia. Pero este libro tiene tantas lecturas e interpretaciones
como lectores e intérpretes existan; es tan discutible como
se quiera su "integridad" que de ahí la necesidad
de un dogma comúnmente aceptado. Los católicos y ortodoxos
lo tienen fijado mediante sus iglesias respectivas; los protestantes
los fijaron en cinco "principios" expuestos en los 15
volúmenes de "Los fundamentos". Pero ese dogma
envejece y se vuelve incomprensible para las nuevas generaciones.
Hay que readecuarlo periódicamente. Cada corriente cristiana
tiene sus métodos burocráticos para hacerlo. Pero
siempre hay problemas y discusiones en su actualización.
Todo cambio social amenaza a su "integridad".
La historia enseña y confirma que en esos momentos
son los poderes políticos y económicos terrenales,
que no celestiales, los que dictan e imponen la actualización.
Dedicamos todo el capítulo siguiente a demostrarlo así
que ahora no nos extendemos. Los problemas surgen del hecho muy
simple de que esa nueva fundamentación es siempre dogmática,
se remite a una concepción transcendente e incognoscible
científicamente. Siempre debe recurrir al principio de fe
en vez de al principio de la razón suficiente. Explicamos
esto pues es el secreto del problema que tratamos.
Fundamento viene de fundamental que es sinónimo
de primordial, básico, elemental, vital, esencial. En la
aceptación normal fundamento quiere decir origen, principio
y raíz en que estriba y tiene su mayor fuerza una cosa no
material. En la aceptación científica quiere decir
condición necesaria, que constituye la premisa de la existencia
de ciertos efectos, y que sirve de explicación de los mismos.
Al aparecer lo de condición necesaria se corta de raíz
toda posibilidad de derivación religiosa, transcendente;
se exige la demostrabilidad del fundamento.
Fundamentar una tesis sobre una cosa es descubrir
y dar a conocer lo básico, lo elemental y esencial de esa
cosa. Ello obliga a su vez a descubrir y dar a conocer sus cambios,
las formas diversas que adquiere en y con esos cambios. Lograrlo
requiere de un mínimo imprescindible de proposiciones notoriamente
verdaderas de las que se desprende lógicamente la tesis defendida.
Durante este proceso debe estar activo siempre el principio de las
relaciones entre lo esencial, lo elemental de la cosa y sus formas
externas, la envoltura o piel que tiene.
El "fundamentalismo" surge cuando se rompe
esa dialéctica y se quiere mantener el fundamento a cualquier
precio. Surge cuando se niega el movimiento y la contradicción,
y cuando se busca por cualquier medio reinstaurar algo tenido como
eterno, inamovible, estático y fijo de por siempre y para
siempre. Los idealistas no lo consigan nunca, pero lo intentan siempre.
Es esa obsesión, permanentemente negada por la realidad histórica
y la ciencia, la que constituye el método fundamentalista:
rechazar el movimiento y afirmar la quietud; rechazar el cambio
y afirmar lo permanente. El método fundamentalista es inherente
a la religión misma, a cualquiera. El método fundamentalista
es el método de la metafísica religiosa.
Precisamente, la evolución actual de la ciencia
asesta un golpe aún más demoledor a la pretensión
de quietud e inmovilidad del fundamentalismo. Frente a lo estático
se impone lo dinámico. Frente a lo parcial, lo global. Frente
a lo simple, lo complejo. Frente a lo unidireccional, lo multidireccional.
Frente al orden, el caos, y el caos como emergencia de un orden
sintéticamente superior. El movimiento, la lógica
de las contradicciones y de los cambios cualitativo, de la emergencia
de nuevos procesos, se imponen bajo la presión de los avances
en nuevos paradigmas. Una ontología sistémica que
define lo real como totalidad de procesos fluidos e interrelacionados.
Una complementariedad que nace de lo sistémico y de la superioridad
del todo frente a las partes para replantear la caducidad definitiva
de lo aislado y estático.
Una reafirmación de la creatividad crítica
del pensamiento en vez de la pesada palabrería de los principios
dogmáticos. Una comprensión lúcida de la tendencia
al orden de los procesos abiertos, en vez de aquél determinismo
pesimista de la inicial interpretación cerrada de la entropía,
de la segunda ley de la Termodinámica. Una concepción
sinérgica y emergente, no-lineal. La sinergia contra el fundamentalismo.
La creatividad vivificante de la no-linealidad contra la mecánica
apatía de la linealidad.
En resumen, el método científico reafirma
las viejas tesis precientíficas de la filosofía materialista,
del ateísmo, de la dialéctica y de la visión
holista de la naturaleza. Los avances científicos actualizan
la dialéctica del azar y de la necesidad, de la contingencia
y de la causalidad, como fuerza activa en los procesos emergentes,
abiertos y complejos. Para entender semejante globalidad rica y
amplia, debemos superar las limitaciones de la lógica formal
y ampliar el poder de la lógica dialéctica. También
actualizan, como hemos dicho, la dialéctica de la parte y
del todo, de lo sistémico y de lo parcial unido a ello, de
los cambios que sufre la totalidad, la cualidad, cuando se transforma
los parcial, la cantidad: son momentos fractales, situaciones de
criticidad emergente. Aparece lo nuevo que conserva y supera lo
viejo.
Y es ahora, cuando los nuevos paradigmas de la ciencia
cuestionan definitivamente lo estático, cuando comprendemos
la incapacidad del concepto tradicional de integrismo. Integro,
según lo tradicional, es aquello a lo que no falta ninguna
de sus partes. Integrar es componer el todo con sus partes integrantes.
Y las partes integrantes son, formalmente, muchas más que
las esenciales, es decir, un edificio tiene, formalmente, unas partes
esenciales, cimientos y estructuras, sin las cuales se hundiría
automáticamente, pero tiene además partes integrantes
que no son formalmente esenciales pero que componen el edificio
completo tal cual lo diseñó el arquitecto.
Ahora bien, si a un edificio le quitamos las ventanas
y le abrimos troneras, entonces ya no será una casa habitable
sino un fortín en el que es muy duro vivir en condiciones
normales. La cómoda habitabilidad de un edificio ha dado
paso a una incómoda existencia en un fortín. Ya no
es lo mismo: lo íntegro se ha transformado porque sus partes
han variado. Los integristas dicen que además de los dogmas
fundamentales hay que mantener todas las cosas restantes tal cual
las diseñó el arquitecto en su origen. Por ejemplo,
en el catolicismo los integristas son quienes defienden la misa
en latín. Dicen que suprimiendo el latín se suprime
no lo esencial pero sí partes importantes de la liturgia.
Los integristas están, pues, cogidos en una trampa insalvable:
la realidad se transforma y cambia, lo íntegro se adapta
a esas metamorfosis y sobre todo, cambia o se diversifica mediante
mutaciones: los procesos abiertos, complejos y no-lineales, que
dialectizan el caos y orden, llegan a momentos críticos de
bifurcación, de saltos cualitativos hacia entidades de mayor
complejidad. Lo íntegro se desintegra y de entre las mil
partículas se forman nuevas y superiores integridades. Es
la flecha del tiempo. Pero los integristas rechazan todo ello e
insisten en la obligada inmutabilidad del modelo inicial.
Tal obstinación fanática de oposición
a todo cambio multiplica las probabilidades de "irse por las
nubes", de perderse en razones innecesarias, en argumentos
carentes de sustentación histórica, material y contrastable.
Peligro tanto mayor cuanto más se olvida o desprecia el rigor
científico y más se ensalza y dogmatiza la "razón
revelada", la voluntad divina. La ruptura entre lo básico
y lo superficial, lo elemental y lo accesorio se produce cuando
se extrae de la historia y de sus cambios a lo que se define esencial
convirtiéndolo en "fundamento inamovible", "verdad
eterna". Frente a la "verdad" sólo cabe el
"error": contra los "fundamentos" maquinan las
"herejías", "desviaciones" y "modernismos"
que deben ser expurgados.
Se ha roto la dialéctica causa y efecto, básico
y superficial, contenido y continente, esencia y fenómeno.
Se ha roto así uno de los procesos definitorios del conocimiento
científico. El "fundamentalismo" y el "integrismo"
son intento de parón, estancamiento y voluntad de vuelta
al pasado, de hacer retroceder el tiempo, de parar la historia.
Sin embargo el pasado se analiza desde el presente por lo que es
el presente el que interpreta el pasado.
El "fundamentalismo" y el "integrismo"
están cogidos en una contradicción irresoluble: quieren
asegurar lo "esencial eterno" sin tener en cuenta el transcurso
del tiempo, los cambios irreversibles, la imposibilidad objetiva
de reinstaurar el pasado. Y ese intento ha de hacerlo siempre, indefectiblemente,
desde, con y para criterios e intereses temporales. Y quien domina
el presente tiene más posibilidades para interpretar el pasado.
Por ello el poder se yergue como el elemento que define en cada
época qué es fundamental o no.
Esta es la razón de que tanto dentro del fundamentalismo
cristiano como de los fundamentalismos de respuesta, defensivos,
existan serias tensiones internas. Ambos están marcados y
condicionados inevitablemente por las contradicciones clasistas,
patriarcales y etnonacionales existentes en su momento. Tal determinación
es más aguda en las religiones proféticas que en las
sapienciales, pero está presente en todas ellas. Este cúmulo
de contradicciones, dificultades y problemas siempre nuevos a los
que se enfrenta el fundamentalismo encuentra una solución
relativa y transitoria mediante los procesos periódicos de
re-dogmatización. Todas las contradicciones se concentran
en esos momentos. Y es en ellos cuando la lucha entre corrientes
internas dentro del fundamentalismo y de éste contra tendencias
reformistas o revolucionarias externas, adquiere su máxima
dureza.
Todas las religiones han vivido y viven momentos así.
Precisamente son esos momentos los que más cruda y descarnadamente
muestran que el fundamento del fundamentalismo radica en el poder.
2.EL PODER COMO FUNDAMENTO:
El repaso histórico que vamos a hacer es "fundamental"
para comprender el presente, las características internas
de los diversos fundamentalismos contemporáneos y su identidad
de fondo, identidad en instancia última enfrentada a las
libertades humanas.
2-1.- Nota sobre el "poder":
Nos es imposible profundizar aquí en lo que
entendemos por "poder" en general y sus formas contrarias
de manifestación. Por falta de espacio vamos a dar una breve
definición de "poder" en relación con el
fundamentalismo y con las religiones que le sostienen.
En este caso limitado y concreto, entendemos por "poder"
el conjunto de instrumentos materiales y simbólicos por los
que una minoría dominante puede lograr tres cosas: una, mantener
y aumentar su riqueza; dos, interpretar los dogmas religiosos y
desarrollar nuevos fundamentos dogmáticos y último,
tres, imponerlos a la mayoría prohibiendo o marginando las
interpretaciones de esa mayoría.
Como se aprecia, de inmediato aparece el dinero, el
verdadero dios. Lo que ocurre es que en cada época histórica
ese dios, ese dinero, se ha manifestado ante la especie humana con
una faz diferente. Se trata de rastrear esas diversas envolturas
hasta encontrar su contenido interno. Ello nos exige un triple esfuerzo
que no podemos hacer ahora: uno, definir el equivalente universal
como momento simbólico-material de ruptura de la unidad individuo-colectivo
debido a las fuerzas centrífugas inherentes a la transformación
de la abstracción-intercambio en abstracción-mercancía,
es decir, el hundimiento en la alienación como mercancía
y la irracional alternativa ilusoria e idealista como salida y salvación;
dos, concretar este momento alienador en el contexto sociohistórico
para descubrir la concreta inversión ideológica realizada
y saber definir la conexión estructural entre inversión
ideológica y poder de clase y último, tercero, descubrir
las contradicciones internas, resistencias y luchas, movimientos
contestatarios que obligan al poder simbólico-material a
readecuar el dogma mediante otro esfuerzo fundamentalista. El poder
en general, y sus manifestaciones concretas, aparecería así
como fuerza consciente, pero dentro de la falsa conciencia necesaria,
en la producción social de alienaciones.
Una vez descubierto sabremos más científicamente
qué es el fundamentalismo e incluso podremos aventurar algunas
posibles tendencias evolutivas a medio plazo. Haremos un rastreo
cronológico empezando por las religiones más antiguas
ciñéndonos únicamente a las surgidas en sociedades
clasistas y de castas sociales ya muy escindidas. Romperemos la
línea cronológica en el caso del cristianismo, que
será analizado en último lugar.
2-2.- Hinduismo:
Las tribus dravídicas, aborígenes de
los valles del Indo y Ganges, resistieron tenazmente a las invasiones
arias. Incluso derrotadas y ocupadas sus tierras natales, mantuvieron
sus religiones y culturas propias. En un principio, entre los siglos
XV-X adne, los arios fueron inferiores culturalmente aunque superiores
militarmente. Tal superioridad permitió a los arios apropiarse
de partes mayores del excedente de modo que, entre los siglos VII-V
adne y tras el proceso de sedentarización, la sociedad resultante
estaba claramente separada y escindida en castas sociales, que cumplían
la función de las clases sociales.
El hinduismo se formó a lo largo de este proceso
de invasión, expoliación de la tierra y explotación
y opresión. Inicialmente ambos grandes bloques etnonacionales
enfrentados mantuvieron sus claras diferencias religioso-culturales,
pero gradualmente el emergente poder fue dando cuerpo al hinduismo.
Este sancionó religiosamente la estratificación de
castas en cuatro niveles. El más importante y alto, la casta
dominante, correspondía a los brahamanes. Después
venían los guerreros y administradores políticos.
Luego estaban los comerciantes, agricultores y artesanos. Por último,
los parias, los impuros, los esclavos, los mendigos.
Las tres primeras castas eran de origen ario y el
hinduismo sancionaba su superioridad. La cuarta casta estaba formada
por la mayoría de la población y eran los descendientes
de las tribus aborígenes prearias. Los brahamanes eran los
depositarios del saber y del conocimiento, de los ritos políticos-religiosos
y estaban unidos por estrechos intereses materiales y consanguíneos
a los príncipes, militares, administradores, campesinos,
comerciantes y artesanos. En el siglo V adne el hinduismo se unifica
en el "Código de Manú" cuando empiezan a
formarse dos corrientes opositoras: el budismo y el jainismo.
El hinduismo no tuvo apenas necesidad de reformar
sus dogmas mientras se mantuvo la estabilidad de dominación.
Pero a partir del siglo IV adne tuvo que cambiar para resistir la
fuerza de ambas nuevas religiones, especialmente del budismo. Tuvo
que popularizarse, acercarse más al pueblo y a las nuevas
realidades sociales. Amplió la espectacularidad de su liturgia
y tendió a reducir su abigarrado panteón ante las
presiones budistas y luego islamistas. Más tarde, el occidentalismo
le supuso nuevas exigencias de adecuación de sus fundamentos:
siempre buscando mantener su capacidad de implantación político-religiosa
en beneficio del poder de las castas dominantes.
2-3.- Budismo:
El jainismo y el budismo fueron respuestas críticas
al hinduismo. No nos extenderemos sobre el primero. Sobre el segundo
hay que decir que apareció embrionariamente en el siglo VI
adne pero que no tomó cuerpo ni consistencia teológica
hasta el siglo III adne. Durante ese tiempo y en especial en los
siglos V-IV adne estuvo recorrido por no menos de diecisiete corrientes
y seis sectas diferentes fundadas por "maestros" que se
suponen contemporáneos de Buda.
Tal complejidad fue debida a que en realidad el budismo
originario era una alternativa al hinduismo de sectores sociales
ricos y bien establecidos. Sectores nacidos al amparo del desarrollo
económico que comprendían que el hinduismo estaba
perdiendo capacidad de implantación en las cada vez más
amplias castas oprimidas. También comprendía que el
hinduismo no podía responder a las filosofías ateas
y materialistas en auge. El budismo tenía miedo a la violencia
de las masas y defendía la propiedad pese a sus críticas
al sistema. De hecho el poder nunca le persiguió.
Es más, en el siglo III adne cambió
el contexto sociopolítico, económico y militar formándose
un poder imperial, el mauriano, que tuvo necesidad de una centralización
religiosa más adecuada que la hinduista. El emperador Azoka
fue el verdadero creador del budismo no sólo al elevarlo
al rango de credo oficial sino al codificar las múltiples
tradiciones sobre Buda y escribirlas en placas de piedras colocadas
en caminos, pueblos y templos. Para entonces los templos budistas
eran ya centros económicos y religiosos altamente degenerados.
La integración del budismo en la lógica
del poder le supuso una lucha claramente fundamentalista: el núcleo
ortodoxo recluido en los monasterios insistía en mantener
el dogma budista mientras que la mayoría pretendía
suavizarlo, hacerlo más comprensible y abierto a otras capas
sociales y culturas religiosas. El primer núcleo se llamó
'hinayana' o "camino estrecho" y el segundo 'mahayana'
o "camino ancho". La lucha fue muy dura entre ambas corrientes.
La minoritaria tenía la fuerza de la tradición
y el poder económico; la mayoritaria contaba con su poder
de atracción. La solución vino no del debate teológico
sino de los intereses de poder. La corriente "renovadora"
se impuso a la "fundamentalista" porque el rey Kanishka
comprendió que los "modernistas" tenían
más implantación de masas. Este rey controló
lo decisivo del concilio de Cachemira que dio la victoria a la corriente
'mahayana'.
2-4.- Confucianismo:
La evolución religiosa china es con mucho la
que mejor refleja la esencial y directa conexión del fundamentalismo
con el poder. Sus tres componentes decisivos -confucianismo, taoísmo
y budismo chino- tienen una diáfana relación con el
poder: tanto que es una relación directa y oficial aunque
una tras otra todas las revueltas campesinas se reclamasen de corrientes
heréticas taoístas y sobre todo budistas. Recordemos
en este sentido la impresionante experiencia histórica de
la secta secreta del Loto Blanco ya fuerte en el siglo XII dne y
muy activa en las revueltas campesinas de final del XIX y de los
bóxeres de comienzos del XX. Por contra, la fusión
de las tres religiones con el poder era visible hasta en la indumentaria
de los chinos ricos: sombrero confuciano, túnica taoísta
y sandalias budistas.
K'ong fu tseu o Confucio recopiló las corrientes
conservadoras que buscaban poner orden en el caos de la China del
siglo V adne. Sintetizó una enorme masa de ritos creando
uno único que fusionó con el culto a los antepasados
familiares y al poder estatal. Integró en él a dioses
y demonios, pero supeditados al rigor del credo dirigido casi exclusivamente
al poder: burócratas estatales e imperiales, ancianos jefes
de linaje y centros de poder regional. Pero los cambios sociales
y las presiones del taoísmo obligaron a los confucianos a
un debate fundamentalista siglo y medio después: el "renovador"
era Meng tseu o Mencio que suavizó muchos ritos ampliando
así las bases.
Paralelamente las corrientes que no estaban de acuerdo
con Confucio se unificaron alrededor del pequeño libro 'Tao
te-king', de Lao tse. Los taoístas ortodoxos vivían
en reclusión y aislamiento en monasterios apartados. Bien
pronto surgieron núcleos más abiertos pero no revolucionarios.
Absorbieron a los sacerdotes y shamanes de viejas religiones locales
convirtiéndose en serios competidores del confucianismo y
del taoísmo ortodoxos. Muy pocos de ellos crearon sociedades
secretas como la de La Vía de la Gran Paz que fue exterminada
por el poder confuciano-taoísta dominante tras la sublevación
campesina de 175 dne.
A partir del siglo I dne se introdujo en China el
budismo 'mahayana' con el apoyo del poder establecido y de ahí
su expansión entre sectores urbanos, comerciantes, artesanos
e intelectuales que no encontraban respuestas en el confucianismo
y taoísmo. Para el siglo IV ya se había formado la
secta 'Maitreya' que criticaba a los otros budistas su inmovilismo
y apoyo al poder. Entre el 477 y el 535 se sucedieron cinco revoluciones
encabezadas por esa secta que quemaron los templos budistas ortodoxos.
Todas ellas fueron aplastadas con brutalidad por la alianza del
poder con las tres religiones oficiales.
Las tres religiones fueron instrumentos del imperio
variando su utilización según las necesidades y contradicciones
sociales. Cada una jugaba un papel preciso, tenía un bloque
de clases al que representar y del que sacaba fuerzas y legitimidad.
Pero se centralizaban alrededor del poder imperial y éste
era su fundamento y razón de existencia.
2-5.- Judaísmo:
El monoteísmo fue una construcción del
poder hebreo que comenzó con la centralización monoteísta
del rey Josías en el 621 adne. Se trataba de la tercera etapa
del judaísmo. La primera fue 1.500 adne cuando las tribus
eran nómadas del norte de Arabia. Es la etapa de la religión
clánica politeísta fuertemente influenciada por otras
religiones más evolucionadas, incluso es posible que el nombre
de Jahvé, que apareció al final de esta etapa, no
fuera judío.
La segunda etapa comenzó con la sedentarización
tras la conquista de Palestina. Durante la guerra se mantuvo la
antigua religión siendo el llamado "período de
los jueces", pero con las riquezas de la conquista aparecieron
las clases sociales, la pobreza se acentuó y las nuevas clases
ricas aceptaron ritos y costumbres cananeas: el dios Baal. La opresión
y la miseria fueron el caldo de cultivo ya en el siglo IX adne pero
sobre todo en el VIII adne de los llamados "profetas"
que denunciaban la corrupción y traición religiosa.
No eran sacerdotes oficiales sino miembros del pueblo que reivindicaban
la reinstauración de los fundamentos religiosos históricos.
La tercera fase comenzó al ser patente la debilidad
judía ante Estados circundantes muy superiores. Josías
mandó escribir el 'Deuteronomio' para fortalecer la unidad
política, lo cual no impidió la ocupación asiria
en el 586 adne y el cautiverio hasta el 538 adne. La vuelta del
cautiverio no trajo la independencia nacional sino la dominación
persa que instauró en Judea un poder delegado en manos de
la minoría rica político-religiosa en detrimento de
las masas. Entonces se revisaron, censuraron, borraron y reescribieron
los libros primeros de la Biblia.
Es en este siglo V adne cuando se oficializa el estricto
monoteísmo judío tal cual aparece en el 'Pentateuco'.
Artajerjes I nombró delegado suyo a Nehemías en 445-433
adne. Con permiso persa, reconstruyó las murallas de Jerusalén,
prohibió los matrimonios de judíos con extranjeros,
endureció el culto y expurgó los restos politeístas
clánicos, pero no prohibió las ideas religiosas babilónicas
que penetraron en la Biblia y de ella pasaron al cristianismo y
al islamismo.
Comenzó entonces la cuarta fase, la de la diáspora.
Controlado férreamente el poder interno político-religioso
por la clase dominante que aceptaba a los sucesivos invasores extranjeros,
cundió el desánimo y aumentó la emigración.
La diáspora es la marcha de emigrantes por hambre o exiliados
políticos. En Judea el poder político-religioso ayudaba
al ocupante a reprimir revueltas y luchas de liberación nacional.
Por fin la guerra dirigida por los macabeos en 165-142 adne logró
la independencia y la mantuvo hasta la invasión romana en
el 63 adne.
En el siglo I dne existían cuatro grandes partidos:
saduceos, que eran conservadores; fariseos, reformistas y ortodoxos
en religión; esenios, místicos y ascetas que esperaban
en sus grutas la liberación pacífica y zelotes, organización
armada de mayoría campesina que se enfrentaba a Roma. Hubo
muchas luchas y choques locales hasta estallar dos grandes guerras
de liberación: la del 66-70 dne y la del 132-135 dne. En
ambas las clases dominantes judías optaron por los invasores
y utilizaron la religión oficial como fuerza desmovilizadora.
Venció Roma.
2-6.- Islamismo:
Mahoma elaboró su credo religioso en dos grandes
fases: la primera pero no definitiva en La Meca y la definitiva
y segunda en Medina. En la primera ofrece un credo abierto y dialogante;
en la segunda todo lo contrario: cerrado y violento. Esta contradicción
es manifiesta en el Corán y tiene su origen en las agudas
diferencias socioeconómicas y de clase entre ambas urbes.
Además, integró cuatro religiones anteriores: politeísmo
tribal árabe; judaísmo; zoroastrismo y cristianismo.
El estricto monoteísmo proviene de la fase de Medina, ciudad
en la que el poder socioeconómico estaba más centralizado
que en La Meca y en la que existían centros judíos
y cristianos.
Mahoma no dejó nada escrito por él mismo
y existen datos fundados para pensar que era analfabeto. En el 632
dne, fecha de su muerte, no había un texto codificado del
Corán que se creó como tal "libro sagrado"
en los años 644-656 dne cuando el califa Otmán mandó
compilar todos los dichos atribuidos a Mahoma, seleccionarlos y
escribirlos; después se destruyeron los no escogidos. Abd-al
ibn Masud, contemporáneo de Mahoma, denunció la desaparición
de críticas del profeta a las clases dominantes. El propio
califa Otmán, y todos los Omeyas de Siria, era denunciado
por Abu Zarr por su vida contraria al Corán que él
mismo había mandado compilar.
El Corán no tiene estructura lógica
interna ni orden cronológico. Sus llamados a la igualdad
social y a la caridad, son muy pocos y abstractos. Insiste en la
lucha contra el fraude en pesos y medidas, en apoyo a los grandes
comerciantes. También es conservadora su crítica a
la usura y al acaparamiento. Por eso el Corán es interpretado
de muchas formas, casi todas legitimadoras del poder establecido.
Sobre todo del patriarcado. El Islam recogió la misoginia
de las religiones anteriores. Elevó la virilidad al máximo
por necesidades militares: Mahoma prohibió la tradición
de matar a las niñas recién nacidas "sobrantes".
Las pérdidas de guerra las palió santificando la poligamia
masculina.
Permitió a las mujeres heredar sólo
la mitad de lo de los hombres.
El Islam nació envuelto en sangre. Mahoma era
vengativo y cruel. Desde el principio se libró una guerra
contra tribus y ciudades resistentes al islamismo. Los primeros
califas, Abu Bekr y Omar, eran más estrategas militares que
políticos y maestros religiosos. Las guerras giraban alrededor
de los derechos nacionales y religiosos de los pueblos pero también,
simbolizando todo ello, en su rechazo al diezmo o 'zakat' islámico
en beneficio de La Meca y Medina y al "ejército de Alá"
con el fruto del saqueo y del botín de guerra. Sin embargo,
eran tales y tan duras las condiciones de explotación en
imperios como el bizantino, persa y visigodo, que los musulmanes
encontraron bastantes facilidades de penetración y muchos
aliados sinceros.
Al poco de la muerte de Mahoma empezaron las disensiones
internas por motivos de corrupción. La primera ruptura que
culminó en una guerra se dio en vida de Otman. Las masas
árabes empobrecidas se unieron a los que criticaban al califa
su forma de vida y a quienes aseguraban que había manipulado
la redacción del Corán en beneficio de los ricos.
El movimiento contestatario pidió la sustitución de
Otman por Alí, primo y yerno de Mahoma y devoto cumplidor
de su credo. El grupo primero y principal de sus seguidores se llamaron
'jarichies' y al poco surgió una rama interna llamada 'chiies'.
La guerra se libró en 656-661 y acabó
con la muerte de Alí renaciendo luchas esporádicas
hasta el estallido de la gran revuelta del 744-750, exterminada
por el terror. Los 'jarichies' supervivientes se dividieron en dos
tendencias opuestas, una pacifista y mística y otra resistente
y reivindicativa. Mientras los 'chiies' se organizaron por su parte
desbordando "por la izquierda" a los 'jarichies'. Estalló
la guerra en 680 siendo vencidos y su líder Husayn muerto.
Pero los poderes ortodoxos no pudieron exterminan al 'chiismo'.
2-7.- Cristianismo:
Digamos dos cosas: una, aunque hay dudas razonables
sobre la existencia histórica de Jesús el Cristo,
no es éste un tema que ahora nos interese y otra, que sí
nos interesa, es muy poca, por no decir nula, la credibilidad histórica
que se debe dar a los "textos sagrados" del cristianismo.
Ninguna religión se sustenta sobre tamaño cúmulo
de mentiras, falsificaciones y mitos como lo hace el cristianismo.
El primer texto cristiano data del año 68 y
es el Apocalipsis. Originariamente el cristianismo fue una secta
hebrea que tomó fuerza fuera de Judea, sobre todo en Asia
Menor y Egipto y en menor medida cuantitativa aunque sí con
tremendas consecuencias cualitativas en el área cultural
helénica. El cristianismo no estuvo presente y por tanto
no pudo jugar ningún papel en las guerras de liberación
nacional judía.
El cristianismo tuvo un largo período de formación
pues empieza en la mitad del siglo I y acaba en el V con el triunfo
del dogma cristológico en el Concilio de Calcedonia. A lo
largo de estos 400 años sufrió tres etapas de desarrollo.
La primera etapa es la más breve pues se prolonga
un poco más que el siglo I. En ella el cristianismo es una
secta que espera el inminente fin del mundo, la llegada del salvador
y la instauración del reino en la Tierra según se
narra con pelos y detalles en el Apocalipsis, que es un libro de
odio y venganza, pero de espera e inactividad escatológica
mientras feroces luchas de liberación nacional judía,
malestar y protestas esclavas en Roma e Italia, luchas de clases
dentro de Roma, guerras de resistencia étnica o "nacional"
a las legiones romana, etc., tienen lugar en muchas partes.
La segunda etapa aparece a comienzos del siglo II
y crece con la estabilización de Roma a mediados del siglo.
Para entonces se habían escrito ya los textos atribuidos
a Pablo, muy pocos son suyos y los suyos tienen interpolaciones
y traducciones sectarias. A partir de la mitad del siglo se escriben
los evangelios, muy contradictorios entre sí, los Hechos
de los apóstoles y algunas epístolas colectivas. Para
final del siglo se constata la entrada creciente de personas ricas,
de las clases dominantes, cultas y formadas en la filosofía
platónica. Especial importancia tuvo Filón de Alejandría,
que abrió la puerta a la helenización platónica
del judaísmo.
Cuatro procesos estrechamente unidos a la posterior
fundamentación dogmática del cristianismo marcan la
etapa: abandono de la inminencia escatológica, del mesianismo
justiciero pero pasivo e integración acelerada en el orden
político establecido; impresionante sectarización
de los cristianos de esa época a pesar del esfuerzo unificador;
victoria de las corrientes antihebreas y aparición del mito
de Judas como traidor a Jesús, que se introduce en los evangelios
y último, incontenible y aceptada impregnación de
múltiples religiones politeístas en los entonces núcleos
fundamentales pero aún no dogmáticos del cristianismo.
La tercera y definitiva etapa va del comienzo del
siglo III hasta el comienzo del siglo IV, como fase de ascenso en
la escala de poder, y concluye con la fundamentación del
dogma cristiano realizada en el Concilio de Calcedonia del año
451. Es entonces cuando el cristianismo adquiere su fundamento dogmático
y su definitiva aleación con el poder establecido. Aun y
todo así, nunca serán resueltos los problemas que
ya entonces quedaron irresueltos.
El comienzo del siglo III asiste al aumento incontenible
del misticismo, corrientes orientalistas, esotéricas, neopitagóricas
y neoplatónicas. El cristianismo estaba en mejores condiciones
que otras religiones para aceptar e integrar esas modas gracias
a su estado embrionario, muy difuso e impreciso. Pero también
al fortalecimiento de tres de las cuatro características
ya desarrolladas en la etapa anterior, pues la segunda, la multisectarización,
daría paso a la ultracentralización. Se ha sobredimensionado
en extremo la tradición de las persecuciones de cristianos,
aunque existieron si bien todo indica que los arrepentimientos y
escaqueos fueron considerables mientras que los mártires
menos de lo creído.
Para inicios del siglo IV el cristianismo era una
fuerza influyente aunque no de masas. Una fuerza con mayor arraigo
dentro de los poderes estatales que sociales, especialmente dentro
del ejército pues el cristianismo supo asimilar casi toda
la liturgia dedicada a Mitra, dios muy similar al mito entonces
vigente de Jesús. Mitra contaba con amplios seguidores dentro
de la oficialidad legionaria. En la guerra civil entre Constantino
y Majencio, ambos dirigentes intentaron atraer a su bando a los
cristianos sabedores de su fuerza en el ejército y Estado.
Constantino fue más astuto y jugó mejor sus cartas.
Tras la derrota de Majencio en el 312, Constantino no tardó
mucho en devolver al favor al cristianismo. El edicto que lleva
su nombre se redactó en el 313.
No nos importan ahora las críticas y dudas
a su veracidad histórica. Sí nos importa la permanente
ayuda de Constantino a la Iglesia cristiana. El emperador, que oficialmente
seguía siendo un dios para la religión tradicional
romana apareciendo así en sus monedas, intervino dictatorialmente
en el Concilio de Nicea del 325 para imponer la tesis oficial que
coincidía con los intereses del Estado. Este Concilio es
decisivo en la fundamentación dogmática del cristianismo,
pero aún así no derrotó definitivamente a otras
sectas cristianas, la arriana en especial, y tampoco elevó
su prestigio filosófico y ético-moral entre los paganos.
Por eso el Estado dictó severas represiones antipaganas entre
las que destacan las de los años 341, 346 y 356.
El fundamentalismo cristiano se construyó mediante
una doble guerra de exterminio: al exterior, contra el saber pagano
y al interior, contra corrientes cristianas que no aceptaban las
tesis provenientes de la alianza de la iglesia de Roma con el Imperio
romano. La violencia y la muerte fueron más decisivas en
ambas que el debate y la razón.
Externamente, al principio y con las enseñanzas
de Filón de Alejandría, quiso integrar al paganismo.
Justiniano, Clemente de Alejandría, Orígenes, san
Agustín lo intentaron. Al fracasar se recurrió a la
represión. Se destruyeron la inmensa mayoría de los
textos de Celso, Juliano, Porfirio, Libiano, Cecilio, Luciano de
Samosata, y Simmaj no discutía por miedo. Se destruyeron
bibliotecas, liceos y centros de estudios y los templos quemados,
transformados en iglesias o almacenes. Se asesinó a matemáticos
y sabios, como Ipatias. Las ideas paganas se conservan sólo
por las citas parciales recogidas en las críticas cristianas.
Leyéndolas vemos su innegable actualidad y permanencia histórica.
Internamente la lucha por la fundamentación
dogmática se libró mediante guerras, presiones, amenazas
y palizas dentro mismo de las reuniones conciliares, destierros
y persecuciones. No debe sorprendernos: el emperador Constantino,
santificado y equiparado a los apóstoles, era un criminal
sin escrúpulos que asesinó a familiares suyos.
Si en el Concilio de Nicea del 325 la amenaza imperial
fue decisiva, en el de Efeso del año 431 Cirilo de Alejandría
llevó a un grupo de monjes para "convencer" a los
disconformes. Pocos después, en el de Efeso del 449 Dióscoro
llevó otro grupo al mando de Varsuna "convenciendo"
a los obispos que firmasen un papiro en blanco. Dióscoro
pateó en la sala al principal oponente, Flaviano, que además
fue apaleado. Pese a todo, la lucha continuaba y en el 451 el Concilio
de Calcedonia fue un permanente acto de presión, chantaje,
corrupción y compra-venta de votos. Cuando se reza el "Credo"
se reza algo impuesto suciamente. Aun así, los perdedores
tuvieron que ser machacados en una guerra feroz que se extendió
por Egipto, Palestina, Siria...
El fundamentalismo cristiano sólo fue admitido
como tal después de recibir el visto bueno de los poderes
de clase establecidos. Constantino sancionó las decisiones
de Nicea. Teodosio I las de Constantinopla del 381. Teodosio II
las de Efeso del 341. Marciano las de Calcedonia del 451. Justiniano
las de Constantinopla del 553. Constantino Pogonatos las de Constantinopla
de 680...La historia posterior del catolicismo, culto ortodoxo,
anglicanismo y protestantismo, por citar los más conocidos,
sólo se comprende en cuanto componentes internos de las pugnas
entre poderes de clase existentes en sus momentos.
No hace falta extendernos sobre la impresionante lista
de papas, patriarcas, obispos anglicanos y predicadores protestantes
que durante siglos han defendido a muerte la fusión del poder
terrenal con el celestial. El fundamentalismo cristiano nació,
creció y se reprodujo gracias al poder del dinero y al dinero
del poder. Los otros fundamentalismos religiosos no han alcanzado
ese grado espeluznante de fusión consciente con los poderes
establecidos, aunque también lo han hecho.
Se habla mucho de la Santa Inquisición pero
olvidamos los inmensos sufrimientos humanos causados por la evangelización
forzada de continentes enteros, el apoyo al tráfico de esclavos,
al colonialismo e imperialismo, al oscurantismo irracional, al nazi-fascismo
y franquismo, a la guerra fría y al anticomunismo fanático,
a las dictaduras militares latinoamericanas, a las "democracias"
occidentales, al patriarcado... Criticamos con razón a Juan
Pablo II y denunciamos el asesinato interno de Juan Pablo I, pero
no decimos nada de las organizaciones y sectas contrarrevolucionarias
protestantes pagadas por la CIA. ¿Para qué seguir?
Dios se condena a sí mismo. ¿Y la Teología
de la Liberación? Hablaremos de ella en el último
capítulo.
2-8.- Identidades:
El fundamentalismo es uno al margen de sus diversas
expresiones. Nos hemos limitado a una muy breve descripción
de sus principales manifestaciones históricas. Podemos ahora
extraer cinco grandes constantes o puntos de identidad.
El fundamentalismo ha surgido en el proceso de unificación
de las religiones. Estas se han formado por sedimentación
de religiones y cultos más reducidos, locales o regionales,
incapaces de responder a lo nuevo. Tiene importancia este origen
complejo y diversificado ya que luego, en las luchas por mantener
los fundamentos o readecuarlos, aparecen, reviven de manera nueva
según las necesidades del presente esas diversas raíces.
Ello obliga al poder que quiere asegurar los fundamentos bien a
tener en cuenta esos pasados, bien a rechazarlos. Ambas alternativas
traen considerables problemas. Podrá ocultarlos durante un
tiempo, pero volverán a aparecer y siempre con nuevas formas
que ocultan un problema histórico irresuelto e irresoluble.
El fundamentalismo aparece cuando la fracción
hegemónica de la religión, tras fusionarse con el
poder de clase establecido, define el dogma. Son diferentes los
procesos por los que una fracción se hace hegemónica,
lo decisivo es que llega el momento en el que todas han de dar el
paso. Es condición previa a la elaboración de los
fundamentos, el que una fracción logre la hegemonía
sobre las demás. Por lo general se consigue fusionándose
con los sectores más poderosos del Estado y de las clases
dominantes. Una vez asegurada la posición de privilegio y
poder, esa fracción dicta el dogma. El tiempo que tarda en
hacerlo, las dificultades y vaivenes que se dan, etc., depende de
que cada contexto político-religioso, pero ese paso está
dado. Más incluso, si por las razones que fueran, el salto
cualitativo no se diera nunca, la religión entraría
en una lenta o rápida descomposición multisectaria.
El fundamentalismo no logra empero su absoluto éxito.
Tendrá que pasar todavía una serie de exámenes
prácticos resueltos siempre con violencia, fuerza del poder
y miedo. Tiene que sufrir ese bautismo por dos razones: una, porque
siempre hay sectores disidentes, mesiánicos o progresistas
que no aceptan el tremendo giro a la derecha, o también sectores
que se han aliado con otros poderes y fracciones de clase. Por muy
fundamentado que esté el dogma siempre hay vacíos
irrellenables, conceptos difusos y polisémicos que requieren
interpretación permanente. Otra, porque además, por
debajo de esos enfrentamientos, perviven los diferentes orígenes
religiosos, costumbristas, clasistas y etnonacionales, que han confluido
en la religión y que han tenido que ceder mucho o poco en
el proceso de fundamentación dogmática. De modo que
cuando se agudiza el descontento social, emergen al exterior.
El fundamentalismo, superada esa primera crisis de
infancia, empero no encuentra la paz perpetua. Puede mantenerla
durante un cierto tiempo según las circunstancias, pero tarde
o temprano reaparecerán viejas disputas con nuevas formas
o, en momentos críticos, graves escisiones. Estas nacen en
momentos de tránsito de un modo de producción a otro,
cuando toda la estructura material de la religión se demuestra
superada por la realidad y consiguientemente su estructura ideal,
pese a su autonomía relativa, queda también envejecida.
Cada religión tiene sus formas de salir de la crisis. Alguna,
como el cristianismo, produce ramas nuevas que se distancian mucho
del tronco inicial, pero que son mucho más rentables para
las nuevas clases dominantes, como los casos del anglicanismo y
protestantismo.
El fundamentalismo, por último, tiene una identidad
de género y una supremacía lingüístico-cultural.
La primera es determinante, diciéndolo con redundancia: fundamental.
El patriarcado ha sido siempre una de las instancias centrales en
la dogmatización religiosa. Al margen de sus formas de expresión
en cada dogma religioso, el patriarcado ha sabido y podido mantener
su poder e incluso incrementarlo abandonando viejas religiones y
aceptando otras nuevas. Ha podido y puede conceder algunos "derechos"
a las mujeres, pero siempre relativos al contexto social y a la
dinámica objetiva y subjetiva de explotación. También
la supremacía lingüístico-cultural ha ido unida
a los procesos de fundamentación. Cuando se han dado en un
marco uninacional, han beneficiado claramente a la cultura de la
clase dominante. Cuando se han dado en un marco plurinacional han
beneficiado a una nación sobre otras. Las religiones proféticas
han sido más opresoras nacionalmente que las sapienciales,
aunque también éstas han tenido y tienen sus responsabilidades,
muchas veces brutales.
3. FUNDAMENTALISMO
CRISTIANO:
De todos los fundamentalismos, los cristianos han
sido los más perniciosos porque han sido uno de los elementos
básicos que han formado el cemento ideológico del
modo de producción capitalista, y antes del feudalismo y
de la readecuación de la última fase del esclavismo,
aunque no podemos analizar las relaciones del esclavismo y feudalismo
con el modo de producción tributario. Precisamente, el salto
que supuso la irrupción de la mentalidad burguesa y las modernizaciones
dogmáticas correspondientes introducidas por el protestantismo,
tiene mucho que ver con la distancia existente entre la cosmovisión
centrada en el tributo y la centrada en la venta de la fuerza de
trabajo: el esfuerzo fundamentalista tridentino estaba destinado
a salvar lo básico de la primera cosmovisión, de la
que dependía el monopolio del poder por parte de Roma.
Hemos dicho al comienzo que el cristianismo, como
unidad dogmática esencial común a todas sus variables,
está más predispuesto al autoritarismo fundamentalista
precisamente por su naturaleza interna, que las otras religiones.
Dejando las sapienciales y ciñéndonos a las proféticas,
la diferencia del cristianismo con respecto al judaísmo e
islamismo nace de dos causas interrelacionadas: una, que el cristianismo,
en contra de lo que se dice, lleva a un nivel más alto el
contenido de odio vengativo del Yahvé del Antiguo Testamento
y otra, que el cristianismo polariza en la mítica figura
de Cristo, que no tanto de Jesús -la diferencia es importante-
la totalidad de lagunas, vacíos, contradicciones lógico-históricas
y trampas y falsedades insostenibles que han surgido en su proceso
social de construcción.
El judaísmo puede descargar sus incongruencias
en una larga lista de profetas y patriarcas, en una compleja red
de explicaciones que incluyen la salida de emergencia del misterio
kabalístico y de la libre reinterpretación de los
libros. El Islam exculpa a Mahoma de la totalidad de sus incongruencias
y las carga inmediatamente en un Alá dotado de todos los
atributos del dios cristiano, pero con la ventaja de que, por ser
dios y no hombre, a diferencia de la segunda persona de la Trinidad
cristiana, está libre de toda contaminación carnal.
Puede así recurrir siempre a la fe y a las libres interpretaciones
que hacen las diversas escuelas teológicas.
Por desgracia para él, el cristianismo carece
de refugios irracionales tan sólidos ante la crítica
racional. Al contrario, su mismo galimatías y desorden teológico,
son muestras de una debilidad de fondo que le obliga a una permanente
reafirmación. De ahí al fundamentalismo sólo
hay un trecho muy corto. Un trecho tan corto como el existente entre
el Cristo crucificado por nuestros pecados y la tortura que aplica
la Inquisición a un cristiano para salvarlo.
La natural e ineluctable predisposición al
fundamentalismo que tiene el cristiano, proviene, como hemos dicho,
de esas dos causas:
Una, el Cristo crucificado es la integración
simbólica en el dogma de las tradiciones anteriores de sacrificios
humanos y de canibalismo práctico y ritual. La sangre y la
carne, el cuerpo real, físico y palpitante de los sacrificios
humanos y del canibalismo, se transforma por el misterio de la transustanciación
del Cuerpo de Cristo. El dolor atroz e insufrible de la víctima,
su descuartizamiento en vida, que son actos necesarios para la expiación
de las culpas humanas y la obtención del perdón de
los dioses, ofendidos y enfadados, se ubica en el cuerpo divino-humano
de Cristo mediante su crucifixión. El sacramento de la eucaristía,
el ágape gozoso de los cristianos que se comen a su dios-hombre
víctima, no solamente les une entre ellos, en comunión,
sino a la vez le ata al dios-padre por cuanto éste ha sacrificado
a su hijo, dios-hombre, para que mediante el sagrado canibalismo
se cierren para siempre los peligros del pecado. Se hace un pacto
de sangre y de carne. El alimento sagrado introduce en el cristiano
una cadena eterna que le ata a su dios.
Pero como la parte humana del dios es débil,
pues él mismo ha implorado en el Gólgota, ha suplicado
al dios-padre que le libre del tormento sacrificial, mucho más
débiles, infinitamente débiles son las criaturas humanas.
Y por ello, para evitar la permanente recurrencia del pecado, el
sacrificio se refuerza y recuerda con el primer mandamiento: amarás
a dios sobre todas las cosas. No existe pues opcionalidad alguna,
libertad de rechazo o duda: amar es un mandamiento porque el humano
es débil y olvida con facilidad que ha comido la carne y
ha bebido la sangre de su dios. Si la segunda persona de la Trinidad
no fuera dios-hombre, sino sólo dios, estos problemas no
existirían, pero entonces no existiría tampoco Trinidad,
y el cristianismo ha sido construido socialmente como un sincretismo
de otras religiones incapaces de responder a las necesidades de
una nueva alienación funcional a la fase última del
esclavismo; un sincretismo en el que el misterio de la Santísima
Trinidad -irracional donde los haya- es básico para sostener
el enclenque andamiaje alienador en la fase de descomposición
del Imperio Romano.
Cuando el amor es un deber impuesto por mandamiento,
una obligación que de no cumplirse acarrea un pecado mortal,
entonces, por su misma lógica, el poder monopolizador del
dogma tiene no sólo derecho a advertir al pecador, sino obligación
de salvarlo de la condenación eterna. Al fin y al cabo, Cristo
se inmoló en el sacrificio humano, dando su cuerpo como alimento
de redención. Y si él lo hizo, los cristianos también
tienen sus obligaciones. De inmediato, pues, nace la justificación
del control, de la censura, de la inquisición, de los mecanismos
de mantenimiento del dogma frente al pecado. Y en determinados momentos
críticos, esa débil frontera se cruza para dar paso
al fundamentalismo de turno. En realidad, el primer acto fundamentalista
del cristianismo fue la crucifixión de Cristo.
Pero el problema se agrava con la segunda causa de
la ineluctabilidad fundamentalista cristiana: el desconocimiento
de quién, qué y cómo es Jesús el Cristo.
Personalmente, soy de los que piensan que es bastante complicado
sostener la historicidad concreta de Jesús como individuo
real. Pienso que si se le aplican las exigencias de rigor metodológico
exigibles a su época, resulta cuando menos problemático
asegurar al cien por cien su concreta y real historicidad individual,
aunque tampoco se puede, en base a los conocimientos actuales, sostener
lo contrario, es decir, que no existiera en absoluto. Tal vez los
papiros de Qumram pudieran demostrar la existencia histórica
de Jesús, pero hasta ahora, que yo sepa, no se ha encontrado
ningún texto que lo cite. Para acabar la disgresión,
por demás secundaria en estos momentos, diré que,
para mí, la hipótesis más plausible es que
los Jesús que conocemos partieron de un Jesús mítico
construido en base a referencias contradictorias, parciales y borrosas
de varios sujetos históricos y reales que se destacaron en
aquellos tensos tiempos, que dejaron diversas improntas y recuerdos
y que, bajo la presión de los acontecimientos y las dificultades
de compilación contrastable, más la necesidad social
del poder, confluyeron en la imagen primera, paulina, de Jesús,
después de ser filtrados y depurados por cedazos sucesivos.
Pero incluso esta imagen, recogida en el Credo de
los Apóstoles tal cual se oficializó en Calcedonia,
es contradictoria consigo misma y falsa con respecto a la realidad
histórica del momento en el que se supone vivió Jesús.
De hecho, las innegables diferencias entre los evangelistas sugieren
que éstos debieron escoger entre tradiciones diversas, optar
por algunas abandonando otras. La fuerte presión de religiones
que nada tenían que ver con el judaísmo así
como el desconocimiento de la lengua que debió hablar Jesús,
condicionaron desde el principio la selección, traducción
y ensamblaje dentro de un corpus religioso aún abierto, echando
por la borda otras versiones y recuerdos de hechos pasado. Mas como
al poco tiempo se inició la depuración de las tesis
que no convenían para la confluencia del cristianismo con
el poder romano, se aceleró así la dinámica
de construcción desde el poder conjunto del dogma definitivo.
Quedaron así sin respuesta -no la podían
tener, tampoco- interrogantes graves que una y otra vez reaparecerían
como siniestros y diabólicos movimientos contestatarios:
¿qué dijo realmente Jesús sobre la riqueza?
¿Qué significa eso de al César lo que es del
César y a dios lo que es de dios? ¿Y la espada de
Pedro y eso de que quien a hierro mata, a hierro muere? ¿Era
dios o no? ¿Por qué imploró en el Gólgota
si era dios? ¿Era judío o galileo? ¿Profetizó
la inmediata llegada del Reino o no? ¿Por qué entonces
no se cumplían sus profecías? ¿No era el Mesías
redentor y justiciero? ¿Por qué no repetía
la Iglesia el milagro de los panes y de los peces? ¿Por qué
no curaba la Iglesia a los tullidos, enfermos y ciegos? ¿Acaso
la Iglesia no había sido instaurada por Jesús? ¿Era
la Virgen una diosa? Estas y otras muchas interrogantes, que fueron
la causa directa de miles y miles de perseguidos, represaliados
y muertos en tortura o en guerra contra herejes, nos llevan a dos
cuestiones: una, no sabremos nunca quién y como era Jesús,
al margen de si realmente existió y otra, que desde luego,
no fue como lo presentan las Iglesias y poderes político
religiosos.
Intuimos los puntos centrales de choque entre el Jesús
que pudo existir y el Jesús oficial. Pero basta esa simple
intuición, o si se quiere borroso y difuso conocimiento,
para sembrar la discordia, ansiedad e inquietud en las Iglesias
dominantes. La endeblez e inseguridad de fondo del dogma hace que
una simple duda tambalee todo el montaje. Se ha presentado la historia
de Roma, y de la teología, como la de una sólida roca
que resiste impávida todos los envites de las fuerzas del
mal. No es cierto. La historia de Roma es la historia de la permanente
intervención de fuerzas político-militares y económicas
en defensa de la débil teología. Frente al peligro
de la duda razonada, la fuerza del acero.
3-1.- Antecedentes:
Hemos visto cómo en el cristianismo del siglo
V el culto a dios era el culto al poder. No podemos hacer aquí
siquiera una breve enumeración de los sucesivos pasos mediante
los cuales el cristianismo fue soldándose más y más
internamente con el poder en general y con sus formas concretas.
Existe abundante y rigurosa bibliografía sobre las relaciones
entre Roma y el imperio carolingio -la tarea histórica de
Carlomagno en extender con la espada el culto a la cruz, dejando
tras sí decenas de miles de muertos- y el sacro imperio romano-germánico.
Otro tanto podemos decir del imperio bizantino y de la Iglesia ortodoxa.
Vamos a referirnos sólo a los momentos realmente
decisivos en los que el cristianismo, en cualquiera de sus corrientes,
ha tenido que fortalecer, reafirmar o transformar sus fundamentos
dogmáticos siempre en su esencial aleación con el
poder de clase, patriarcal y etnonacional dominante.
3-2.- Precapitalista:
El primero fue el de las llamadas "cruzadas"
que va del 1074 al 1291. Durante este tiempo, dentro del cristianismo
y de la sociedad feudal se dieron cambios irreversibles. El fundamentalismo
actuó hacia el exterior y hacia el interior pero la figura
central en su modernización fueron Alberto el Grande y especialmente,
Tomás de Aquino (1225?-1274). Desde la perspectiva teórico-crítica
de este texto, lo que más nos interesa de la tarea de ambos
teólogos, además de la 'Summa Theologica', obra central
aun hoy en el fundamentalismo cristiano al margen de sus corrientes,
del segundo, sino sus significativas aproximaciones a una especie
de "ley del valor", es decir, a comprender la dinámica
económica en un momento en el que el dinero empezaba otra
vez a enseñorearse de la sociedad.
Este esfuerzo no resultaría baldío a
pesar de que durante años y años la doctrina oficial
de Roma siguiese condenando la usura. La importancia del acercamiento
de Alberto el Grande y Tomás de Aquino a una especie de ley
del valor de la fuerza de trabajo, radica en que plantó la
semilla para que posteriormente pudieran darse dos adaptaciones
del dogma cristiano a las necesidades de la burguesía en
ascenso: la primera, el movimiento reformista llamado protestantismo,
que en realidad es mucho más amplio y complejo, y la segunda,
bastante más tardía, la aceptación definitiva
del capitalismo por Roma. De cualquier modo, llama la atención
que el renacimiento teológico cristiano se diera gracias
a la recuperación y reinterpretación de Aristóteles
que también había avanzado sorprendentes ideas sobre
la escabrosa cuestión del valor de la fuerza de trabajo humana.
Debiéramos remontarnos ahora, siquiera con
brevedad, a lo anteriormente dicho sobre la esencial imbricación
del cristianismo con la lógica del beneficio de la economía
dineraria, y a la vez, tras pasar por las tesis de Weber sobre las
relaciones del capitalismo con la ética protestante, en el
actual esfuerzo legitimador del neoliberalismo no sólo como
práctica estrictamente económica, sino ético-moral.
También tendríamos que introducir en esa reflexión
el rechazo vergonzante de la Teología de la Liberación
de la crítica marxista de la economía capitalista,
pues nos haría comprender una de las impotencias genéticas
del cristianismo: al rechazar la dialéctica materialista,
atea militante, no puede comprender la crítica marxista de
la economía burguesa, lo que le lleva a optar por la reacción
o a moverse en el inseguro suelo de la ambigüedad, como le
sucede a la Teología de la Liberación.
Ocurre que, en contra de lo que se dice, el cristianismo
defiende antes la propiedad privada que la propiedad colectiva.
No es casualidad, ni mucho menos, que precisamente fuera en esta
fase precapitalista, es decir, anterior a su irrupción definitiva
en el siglo XVII, cuando se decretasen en Europa dos feroces cruzadas
de exterminio de sendas herejías que, indirectamente la primera
y más decididamente la segunda, cuestionaban la propiedad
privada según se expresaban entonces. Me estoy refiriendo
a la lucha contra los albigenses o cátaros justo en vida
de Tomás de Aquino -Montsegur fue arrasado en 1244- y la
posterior cruzada contra los husitas. Roma, y el resto de poderes,
comprendieron que además de reivindicaciones de clase, etno-culturales
y de género, también palpitaban reivindicaciones que
cuestionaban la forma que entonces adquiría la propiedad
privada. No se puede negar las repercusiones de tal contexto en
la evolución teológica.
El segundo fue el de la ruptura dentro del cristianos
occidental, ya antes se había escindido el cristianismo oriental
con la consiguiente pugna fundamentalista. En realidad, esta segunda
fase dura desde el inicio del Renacimiento hasta el Tratado de Westfalia
de 1648 teniendo diversas subfases que no podemos detallar. Lo que
marca a esta fase es la aparición de una corriente cristiana
especialmente apta y funcional para la expansión histórica
capitalista a escala mundial. Dos son los grandes bloques de poder
fundamentalistas enfrentados: el católico que se reorganizó
y contraatacó con el largo Concilio de Trento, y el que podemos
englobar dentro del término "protestante".
Hay tres características comunes a ambos fundamentalismos:
una, persecución de las masas oprimidas una vez afianzados
en el poder. Los protestantes, fueran luteranos, calvinistas o anglicanos-metodistas
de Cromwell, no dudaron ni un instante en depurar sus ejércitos
y destrozar las organizaciones campesinas y artesanas. Dos, sobre
todo los luteranos y calvinistas, persecución o tolerancia
vigilante, en el caso inglés, de los avances científicos
y la mentalidad laica, agnóstica, atea y materialista que
ya despuntaban en los albores del siglo XVII y último; tres,
apoyo legitimador al genocidio colonialista, con verdadero fervor
cristiano y evangelizador capaz de palidecer el de las cruzadas
matamoros.
3-3.- Capitalista:
El tercero fue el ya analizado en el cptº 1º,
en el que históricamente aparece el término de "fundamentalismo".
Cada una de las corrientes cristianas tuvo su evolución particular.
La que a nosotros nos atañe, la católica, empezó
en 1871 cuando con la independencia y unificación de Italia
desapareció el Estado Vaticano. Un esfuerzo sistemático
de refundamentación dogmática que tuvo sus ejes en
cuatro puntos: dogma de la Virginidad de María; dogma de
la infalibilidad papal; persecución del "modernismo"
y condena del comunismo con la aceptación del capitalismo
reformado con la "doctrina social" católica. La
estrategia de Roma hasta los años sesenta de este siglo,
con el pontificado de Juan XXIII, aun sufriendo cambios contradictorios
a nivel táctico, se caracterizó por dos constantes:
una, abrirse progresivamente al poder de EEUU y en especial al de
su banca y otra, total enfrentamiento al comunismo variando los
apoyos tácticos a las diversas fuerzas capitalistas según
los vaivenes del momento.
El cuarto y último momento de ofensiva fundamentalista
es el actual. Cada corriente cristiana sigue ritmos propios pero
se unifican en una gran ofensiva destinada a salvaguardar tres objetivos:
uno, la supremacía de la "civilización occidental";
dos, el control de la actual revolución tecnocientífica
y de sus consecuencias materiales, sociales, políticas, filosóficas
y epistemológicas y último, tres, preparar las condiciones
que determinarán los próximos problemas religiosos
como resultado del caos civilizacional mundial. Las crecientes reuniones
entre teólogos de las tres corrientes para ver cómo
acortar y reducir distancias buscan eso. Cierto es que en otras
épocas también se han mantenido encuentros similares,
pero ahora es más fuerte la consciencia de concretar siquiera
algunos puntos de unión más sólidos.
En el caso católico, este cuarto momento empezó
prácticamente al poco de acabar el Concilio Vaticano II.
Es sabido que el hamletiano e indeciso Paulo VI no pudo ni tampoco
se atrevió del todo a |