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SALUD > CURSO ABREVIADO DEL AYUNO PURIFICADOR

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Curso abreviado del ayuno purificador

por Alexi Suvorin

Capítulo extraido de su libro "La curación por el ayuno"

Usted soportará el ayuno físicamente, pero ¿lo soportará con los' nervios y aguantará el enflaquecimiento provocado por el mismo?

Es una cuestión de gran importancia práctica, especialmente si se trata de personas que tienen los nervios o el corazón en gran desorden.

Sostengo que cualquier hombre que come y camina puede encontrar en su organismo, en todo momento, suficientes reservas interiores para realizar hasta el fin un ayuno completo de 40 días de duración; naturalmente, si no ha ayunado durante un plazo prolongado poco tiempo antes. Pero esto no quiere decir que todos puedan iniciar y llevarlo a cabo inmediatamente.
Los obstáculos principales que surgen aquí son tres.

Primeramente, los nervios. En muchos, la obstrucción del organismo resulta tan profunda y antigua, que también se hallan sumamente excitados los nervios. Tales personas soportarán con muchísima dificultad las últimas semanas de ayuno, cuando en lo más hondo del organismo empieza a quitarse, como con un cepillo de hierro, toda clase de «herrumbre» endurecida sobre los huesos y en los tejidos, Se sentirán ataques repentinos de debilidad, de insomnio; surgirán dudas sobre la posibilidad de aguantar el ayuno hasta el fin. Los familiares, naturalmente, se declararán en contra del «riesgo terrible», y el ayunador, en resumidas cuentas, desistirá de su propósito, y una vez hecho esto, llegará a la conclusión de que «eso» no es para él. Sin embargo, «eso» era también para él, sólo que el enfermo puso manos a la obra sin la debida prudencia y no calculó previamente sus posibilidades.

Otro obstáculo es el efecto del adelgazamiento. Éste en cada hombre es diferente, pero, de todos modos, en el curso de las primeras dos semanas, cuando se pierden de 10 a 12 kilos de peso, se producen en la región de los intestinos, que enflaquecen especialmente ya en los primeros días, espacios vacíos, donde se hunden los órganos ubicados más alto, como son el estómago, los riñones y el hígado. Este fenómeno origina dolores tirantes y punzantes. Los riñones duelen como si se hallasen enfermos, mientras que en realidad duelen los tendones que los sostienen, al paso que los riñones en sí están descansando. La boca del estómago se hunde hasta el punto de que casi se adhiere a la columna vertebral; en el foso que se forma en el lugar del estómago se pueden esconder dos puños y aun sobra sitio para un tercero. La columna vertebral adquiere el aspecto de un serrucho, y las caderas se convierten en estacas delgadas y ridículas. La cintura se seca, como si alguien hubiese tomado al ayunador y. lo hubiese retorcido en ese sitio como lo hace la lavandera con una toalla. A cada movimiento de la cintura, uno espera que va a crujir. Y todos esos cambios y defectos son observados atentamente por los familiares del ayunador, quien no oye de ellos más que las palabras: ¡Déjelo, hombre; basta de tonterías! ¡Mañana voy a llamar al médico! Y el médico se convierte en esos días, no se sabe por qué, en su primer enemigo. A su aparición, usted será capaz de esconderse entre las almohadas. No podrá convencerse a sí mismo de que a continuación el organismo se habituará y los dolores no aumentarán, sino que desaparecerán por completo. La decisión empieza a flaquear... «Si eso empieza así, ¿qué será más tarde? El ayuno se interrumpe.

LA CUESTIÓN DE LA ANEMIA
El tercer obstáculo es la anemia verdadera. No la anemia habitual que es la consecuencia de la obstrucción de la sangre con sustancias heterogéneas y células débiles y mutiladas, y que sería más acertado llamar «debilidad de la sangre», sino la anemia verdadera, cuando en el organismo está entorpecida la fabricación de la sangre. La sola purificación de ésta no hará el organismo normal, o sea, sanguíneo, pero una dosificación del ayuno sabiamente combinada con las circunstancias puede poner nuevamente en movimiento la fábrica de sangre detenida. En cambio, sin eso, pasará la primera semana de ayuno, y el enfermo, habiéndose librado de unos síntomas, adquirirá otros, dejará la cura benéfica para él y dirá como muchos otros: «eso no es para mí». Sin embargo, lo que en realidad ha ocurrido es que el enfermo no ha iniciado el ayuno en la forma como debía.

Todo eso hay que comprenderlo y efectuar los cálculos correspondientes, antes de resolver emprender un ayuno completo por el plazo íntegro; sin embargo, alguna vez habrá que emprenderlo de todos modos, porque ahora ya ha sido comprobado en decenas y decenas de experimentos que únicamente el ayuno completo de cuarenta días es capaz de limpiar todo el organismo «hasta el fondo» y arrancar de él de raíz enfermedades como un catarro de estómago de veinte años de duración.

EL COMPÁS DE LA ESTABILIDAD INTERNA
En tales condiciones, ofrezco como solución general un régimen en que el sentimiento de la estabilidad interna servirá al ayunador de compás. Usted no quiere perder durante el ayuno esa estabilidad interna, es decir, la confianza en sus fuerzas y la aptitud para el trabajo. Tome este principio como guía, haga de él su compás, y su ayuno transcurrirá en la forma siguiente:

Usted ayuna cuanto pueda, sin llegar al extremo y continuando sus ocupaciones habituales. En esas condiciones, para una persona de constitución común y tenacidad mediana, resulta posible lo siguiente:

El ayuno se realiza durante 5 ó 12 días seguidos, es decir, durante las dos o las tres primeras fases actualmente determinadas. Si usted no puede más, si las sensaciones que experimenta son demasiado agudas y entorpecen sus actividades, interrumpe el ayuno al 5°,4° ó 3.er día. El principio es: conservar una sólida estabilidad interna y aptitud para el trabajo.

Después de un descanso por un plazo igual al del ayuno, inicia usted el segundo «paquete» del ayuno. Transcurre éste en forma más fácil que el primero, porque el organismo ya se halla un tanto purificado. Lo aprovecha y ayuna una vez y media o dos veces más que la primera vez, hasta encontrar nuevamente un
obstáculo difícil de superar —de todos modos, puede estar tranquilo y seguro de que no ocurrirán catástrofes repentinas de efectos graves—. Se detiene una vez más y toma un descanso tres veces más prolongado que el segundo ayuno. A continuación sigue el tercer «paquete», que inicia ya con la decisión firme de llevar esta vez a cabo el ayuno, o sea, hasta el momento en que quede despejada la lengua y aparezca el apetito. En el transcurso de los «paquetes» anteriores habrá tenido usted tiempo para conocer las consecuencias saludables del ayuno y —lo que es muy importante— se habrán convencido de ello sus familiares.

Generalmente, los resultados son buenos. El ayuno en forma de «paquetes» termina automáticamente con un ayuno completo.

Por medio de «paquetes» en combinación con un régimen en los intervalos, se puede lograr resultados maravillosos, por ejemplo —cosa de gran interés para las mujeres—, que adelgace sólo la cintura, mientras que se ponga aún más fresco el semblante. Todavía más; recurriendo a este método, un hombre acostumbrado a comer mucho seguirá haciéndolo, y sin embargo, irá adelgazando y librándose de la grasa en los intestinos. De esto hablaremos en la segunda parte del libro: Cura mediante la alimentación. De todos modos, de cada «paquete» obtendrá usted la utilidad completa, aunque el mismo durase sólo tres días, sólo medio día, sólo tres horas. Ya un ayuno de media hora se hace perceptible: aumenta su apetito. ¡Tal es ese maravilloso proceso!

REGLA GENERAL
Como regla general, salvo pocas excepciones, aconsejo a todos, antes de un ayuno completo, realizar una «semana de ensayo —7 días—, durante la cual se conocerán las sensaciones predominantes del proceso, y juzgando por los fenómenos de esa semana, se podrá determinar cómo transcurrirán para el ayunador la 5.a y 6.a semanas de ayuno.

De un modo especial recomiendo a los que quieran iniciar su primer ayuno hacerlo no a solas, sino en grupos de 3 ó 4 hombres. Eso ofrecerá a cada uno la posibilidad de estudiar los fenómenos y peculiaridades del proceso en forma rápida y prácticamente útil para sí, por cuanto los observará no sólo en sí mismo, sino también en otros; verá cuáles de ellos son comunes a todos, y cuáles sólo propios de personas aisladas, cuáles son las medidas a adaptar, sus efectos, etcétera. Además, esa circunstancia contribuirá a disminuir el efecto de los consejos, convencimientos y burlas por parte de los demás: la muchedumbre se inclina ante todo lo que se pone de manifiesto en forma palpable.

LAS REGLAS DEL AYUNO PURIFICADOR
En el primer día de ayuno se debe tomar un purgante, limpiando así toda la vía digestiva, de arriba abajo. En este caso, el purgante no puede ser sustituido por un clister, porque éste surte su efecto sólo en una parte de esa vía.

A partir del primer día de ayuno:
1) Pésese y siga haciéndolo, en la medida de lo posible, diariamente —es un dato importante para muchas cosas en lo futuro—; tome la medida del talle, el pecho y el cuello.
2) Anote diariamente la temperatura.
3) En el transcurso de la primera semana aplíquese diariamente un clister de un litro o de un litro y medio de agua pura a 32 ó 35° C, manteniendo ésta en el intestino durante 15 a 20 minutos, para que pueda empaparse bien. El clister se recibe estando el paciente de rodillas y apoyado sobre los codos, a fin de facilitar una profunda penetración del agua. Durante la operación se hace un ligero masaje en torno al ombligo en la dirección de la aguja de reloj.

Los clisteres no pueden sustituirse por el purgante, porque, además de la limpieza de los intestinos, tienen en esos días la misión de llevar el agua a las partes más profundas de éstos, adonde el agua no puede, a la sazón, llegar a tiempo a través del estómago. A raíz de ello, allí se detienen los residuos de la combustión que se verifica entonces en el organismo, se produce una especie de envenenamiento temporal del organismo y empiezan a sentirse dolores de cabeza, debilidad y vértigos. Naturalmente, al hombre le parece que esos fenómenos son producto del ayuno, pero aplicándose clisteres, el ayunador se dará cuenta de la verdadera naturaleza de los mismos. El purgante, en cambio, absorbe de por sí mucha agua del organismo y trastorna los intestinos durante más de un día. Después de la primera semana, se puede recurrir al clister con menos frecuencia —según la necesidad—, pero éste producirá siempre un efecto vivificador sobre el organismo, previniendo dolores originados por el secamiento excesivo del mismo.

Sin embargo, si a pesar de los clisteres, usted siente dolores de cabeza durante la primera semana y transcurrida ésta, repetirá los purgantes cada 1, 2 ó 3 días. Con más frecuencia se sienten dolores debido a la formación de tapones en los intestinos: los intestinos que se van secando ciñen esos tapones fuertemente, originando así dolores nerviosos.

Durante el ayuno no se debe comer nada, sino tomar sólo agua y té con una cucharadita de azúcar y limón. Un refresco agradable resulta el agua tras haber permanecido en ella durante una noche trozos de cascara de naranja. Se debe beber según la necesidad, tomando en consideración, sin embargo, que el organismo recibe en ese tiempo agua también de la carne que le va menguando a razón de medio a tres cuartos de kilo por día,
porque nuestro cuerpo consta de un 75% de agua, y luego que, de todos modos, el agua no tendrá tiempo para llegar a través del estómago a los sitios recónditos del organismo. Por lo tanto, hay que beber según la necesidad verdadera, sin forzarse a sí mismo, y no olvidar aplicarse clisteres.

El apetito se hace sentir, generalmente, sólo hasta la noche del primer día; luego desaparece hasta el fin de la última (cuarta) década, cuando la lengua se despeja de la «capa» (trasudor) y aparece la verdadera sensación de hambre.
Entonces hay que empezar a comer: el proceso de purificación ha terminado. Antes pueden producirse ataques casuales de apetito, por ejemplo, originados por esfuerzos físicos, cansancios, etcétera, pero esos ataques desaparecen en seguida después de dos o tres tragos de agua fresca.

Entre el 30° al 31° día, la lengua se torna, de blanca, amarilla, y luego se cubre de manchas pardas. Se verifica el «trasudor» del organismo de las últimas y más pesadas cenizas de la enorme combustión de la materia que transcurre en él entonces.

De ahí una regla indispensable: no hay que tragar nada de las secreciones que salen de la nariz o de la boca durante el ayuno; hay que escupirlas todas, porque están envenenadas. Conviene enjuagar la boca con una infusión de corteza de limón o de naranja.

Durante el ayuno continúe usted sus trabajos y ocupaciones habituales, no se acueste sin una necesidad imperiosa, haciéndolo sólo a fin de evitar esfuerzos físicos excesivos que puedan fácilmente provocar un ataque de apetito (de corta duración, al cual no se debe ceder). La cama calienta toda la región de las caderas y debilita los intestinos, y es justamente a éstos a los que les tocará, una vez terminado el ayuno, soportar el intenso trabajo inherente al restablecimiento del organismo debilitado.

La transición a la alimentación normal, después de terminado el ayuno, se efectúa en dos días: no conviene para el organismo fuertemente agotado por el hambre sustituir el ayuno por una alimentación escasa; hay que ofrecerle la posibilidad de reanudar cuanto antes su funcionamiento normal y volver a su estado físico habitual.

Empiece usted la alimentación con toda clase de líquidos, continúe con polenta y termine con comidas asadas y fritas.

En la primera mañana: leche, café, té, jugo de naranja. A mediodía polenta, compota, puré de patatas. De noche: sopa de patatas y verduras, polenta de verduras, manzanas ralladas, un poco de ricota.

En la mañana siguiente: polenta. Para el almuerzo: macarrones, vinagreta, albóndigas de patata, queso blando, frutas, nueces molidas (estas últimas son admisibles en pequeña cantidad ya a partir del primer día). A la noche todas las demás comidas asadas y fritas. Por último, se puede comer carne, pero ésta ensucia mucho con sus residuos el organismo, de modo que a todos les conviene renunciar a ella. La forma más cómoda y menos costosa de efectuar la transición a la alimentación vegetal, protegiendo así el organismo contra un nuevo ensuciamiento, se describe en la segunda parte de este libro, mientras que explicaciones generales e instrucciones pueden solicitarse ya ahora del autor. Al comer durante ese período, es indispensable observar las dos siguientes reglas:
1) Masticar bien y largamente la comida, y
2) No comer con exceso, deteniéndose en seguida de percibirse la voz del estómago «¡basta!».
Es mejor comer con más frecuencia, pero cada vez en pequeña cantidad; de todos modos, dependerá únicamente de usted protegerse en ese período contra trastornos gástricos, porque evitar toda clase de excesos sólo lo podrá hacer usted.

A partir del tercer día empiece a llevar su apetito a la norma. Una comida excesiva en los primeros días puede cansar el corazón por el gran trabajo que provocará la propagación de la masa de jugos por el organismo. Éste se debilitará, y aparecerán hinchazones en las piernas, aunque breves, pero así y todo desagradables e innecesarias. En general, después del ayuno no hace falta apresurarse a recuperar el peso perdido. Eso se hace sólo y con mucha facilidad y rapidez, pero se forma una carne joven y blanda. No se permita recuperar más de la mitad del peso perdido.

Terminado el ayuno, pésese usted y tome medida de su pecho, talle y cuello.

NOTA ESPECIAL Durante todo el ayuno mantenga usted firmemente dos resoluciones:
1) “¡Hasta el fin del ayuno la comida no existe para mí!”
2) “¡La salud ya se me acerca; hace falta sólo recibirla!” Y además:

— Durante el ayuno no se considere usted enfermo, continúe todas sus actividades y ocupaciones habituales, sólo tratando de evitar esfuerzos excesivos.

— En cambio, después del ayuno, durante tres semanas, no se considere sano, sino sólo en estado de restablecimiento; ahorre las nuevas fuerzas conseguidas y deje a la nueva salud fundirse sólidamente con su organismo.

Sobre los resultados del ayuno, así como casos especiales o que estén en contradicción con lo expuesto aquí, ruego que se me comunique a la siguiente dirección: Alexi Suvorin, Belgrado, Serbia. (La misma dirección para la correspondencia referente a los detalles del método y consultas.)

Ayunar es cosa fácil, y poniendo un poco de atención, puede usted estar seguro de que no le ocurrirá ninguna catástrofe. Sin embargo, enderezar la salud del hombre resulta con frecuencia no del todo sencillo, en atención a lo cual no acepto ninguna responsabilidad por la aplicación del «método de Suvorin» sino se me consultó previamente.

 

 

 

 
 
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