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CIENCIA > MADRES Y PADRES RESPONSABLES

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Laberintos

Herejías y herejes de nuestro tiempo


Madres y padres responsables

Por Dr. Bruce H. Lipton
de La biología de la creencia

Suelo terminar mis conferencias con la advertencia de que somos personalmente responsables de todo lo que ocurre en nuestras vidas. Semejante final no me convierte en alguien muy popular entre la audiencia. Hay mucha gente que no puede soportar semejante responsabilidad. En una de esas conferencias, una anciana del público se quedó tan angustiada tras mi conclusión que se acercó con su marido a la parte posterior del escenario y rechazó entre lágrimas el desenlace. No quería tener nada que ver con algunas de las tragedias que le había tocado vivir. Esta mujer me convenció de que debía modificar mi conclusión final. Me di cuenta de que no deseaba
contribuir a cargar de culpabilidad a nadie. Como sociedad, estamos demasiado inclinados a ahogarnos en los remordimientos o a culpar a los demás de nuestros problemas. La experiencia que adquirimos con el paso de los años nos hace estar mejor preparados para tomar las riendas de nuestra vida. Después de pensado un rato, la mujer de la audiencia aceptó de buena gana la siguiente solución: «Eres personalmente responsable de todo lo que te ocurre en la vida una vez que eres consciente de que eres personalmente responsable de todo lo que te ocurre en la vida». No se puede ser culpable de ser mal padre a menos que se sepa todo lo que he explicado antes y se pase por alto. Una vez que conoces esta información, puedes comenzar a aplicada para cambiar tu comportamiento.

Ya que hablamos sobre mitos de la paternidad, no es cierto en absoluto que te comportes de la misma forma con todos tus hijos. Tu segundo hijo no es un clon del primero. En tu mundo no ocurren las mismas cosas que cuando tuviste tu primer hijo. Tal y como he mencionado antes, yo creí una vez que me había comportado igual con mi primera hija que con la segunda, completamente distinta.

Pero al analizar mi comportamiento como padre, me di cuenta de que eso no era cierto. Cuando nació mi primera hija acababa de empezar las prácticas del posgraduado, lo que para mí fue una difícil etapa de transición llena de trabajo y de una intensa sensación de inseguridad.

Cuando nació mi segunda hija, era un investigador más competente y seguro de sí mismo que estaba a punto de comenzar su carrera académica. Tenía más tiempo libre y más energías para educar tanto a mi segunda hija como a la primera, que por entonces era poco más que un bebé. Otro mito que me gustaría señalar es el de que los hijos necesitan una gran cantidad de estímulos en forma de tarjetas didácticas u otras herramientas de aprendizaje que les venden a los padres para ayudar a incrementar la inteligencia de sus hijos. El inspirador libro de Michael Mendizza y Joseph Chilton Pearce, Magical Parent-Magical Child me dejó claro que la clave para optimizar el aprendizaje y el rendimiento de los bebés y los niños es jugar, y no programar (Mendizza y Pearce, 2001). Los niños necesitan padres que fomenten mediante juegos la curiosidad, la creatividad y la admiración que los acompañarán durante el resto de su vida.

Como es obvio, lo que los humanos necesitan es una educación basada en el amor y la posibilidad de observar cómo las personas mayores se conducen en sus vidas. Cuando a los bebés de los orfanatos, por ejemplo, se les proporciona tan sólo alimento y se les abandona en sus cunas sin nadie que les somía y los abrace, desarrollan un buen número de trastornos del comportamiento. Un estudio de los orfanatos romanos realizado por Mary Carlson, una neurobióloga de la Facultad de Medicina de Harvard, concluyó que la falta de contacto y atención en los orfanatos romanos y la escasa calidad de las guarderías impedían el crecimiento de los niños y tenía un efecto adverso sobre su comportamiento. Carlson, que estudió a sesenta niños romanos cuyas edades oscilaban entre unos cuantos meses y los tres años, midió sus niveles de cortisol a partir de muestras de saliva. Cuanto más estresado estaba un niño, según mostraban los niveles elevados de cortisol en sangre, peores eran las repercusiones para ese niño (Holden,1996).

Carlson, junto con otros científicos, ha llevado a cabo también estudios en monos y ratas que demuestran la importantísima relación existente entre el contacto, la secreción de cortisol y el desarrollo social. Los estudios de James W. Prescott, antiguo director de la sección de Salud Humana y Desarrollo Infantil del Instituto Nacional de Salud, reveló que los monos recién nacidos privados del contacto con sus madres o de la relación social con los demás desarrollaban perfiles anormales de estrés y se convertían en sociópatas violentos (Prescott, 1996 y 1990).

Prescott continuó estos estudios con una evaluación de las culturas humanas basada en la forma en que criaban a sus hijos. Descubrió que si la sociedad mantenía contacto físico, quería a sus hijos y no reprimía su sexualidad, esa cultura permanecía en paz. Las culturas pacíficas tienen padres que mantienen un frecuente contacto físico con sus hijos: llevan a sus bebés cogidos sobre el pecho o a la espalda durante todo el día, por ejemplo. En cambio, las sociedades que privan a sus hijos (tanto si son bebés, niños o adolescentes) del contacto físico frecuente son invariablemente de naturaleza violenta. Una de las diferencias entre estas poblaciones es que muchos de los niños que no reciben contacto físico sufren de trastornos afectivos somatosensoriales. Estos trastornos se caracterizan por la incapacidad de reprimir fisiológicamente los niveles elevados de hormonas del estrés, las desencadenantes de los episodios violentos.

Estos descubrimientos nos ofrecen una visión muy reveladora de la violencia que invade Estados Unidos. En lugar de fomentar el contacto físico, nuestras costumbres médicas y fisiológicas lo desechan con frecuencia. Desde la intervención antinatural de los médicos en el proceso natural del parto, por ejemplo, que separa al neonato durante un largo periodo de tiempo de sus padres para colocarlo en lejanas cunas, hasta el consejo que se les da a los padres de que no hagan caso de los sollozos de sus hijos para no malcriados. Tales prácticas, basadas supuestamente en la «ciencia», contribuyen sin duda a la violencia que reina en nuestra civilización. La investigación que relaciona el contacto físico y la violencia se explica con todo detalle en esta página web: www.violence.de.

¿Qué ocurre con los niños romanos que se crían en ambientes desfavorables y se convierten en lo que los investigadores llaman «maravillas resistentes»? ¿Por qué algunos niños prosperan a pesar del ambiente en el que se desarrollan? ¿Por qué tienen genes «mejores»?

A estas alturas sabrás que yo no lo creo. Es más probable que los padres biológicos de esas maravillas resistentes les proporcionaran un entorno pre y perinatal favorable, al igual que una buena alimentación en los puntos cruciales del desarrollo del niño.

La lección que tienen que aprender los padres adoptivos es que no deben pretender que las vidas de sus hijos comiencen cuando llegan a su nuevo entorno. Tal vez los padres biológicos ya hayan programado a sus hijos con la creencia de que no son deseados ni dignos de amor. Con un poco de suerte, tal vez hayan recibido en algún punto crucial de su desarrollo mensajes positivos y reconfortantes por parte de sus cuidadores. Si los padres adoptivos no conocen la existencia de la programación pre y perinatal, quizá no puedan enfrentarse de una forma realista con los problemas que surgen tras la adopción. Quizá no se den cuenta de que sus hijos no han llegado hasta ellos como una «página en blanco», como tampoco los recién nacidos llegan al mundo como páginas en blanco, sin verse afectados por los nueve meses que han pasado en el útero de su madre. Es mejor reconocer la existencia de esa programación y, si es necesario, esforzarse por cambiarla.

Tanto para los padres adoptivos como para los que no lo son, el mensaje está claro: los genes de tus hijos reflejan sólo su potencial, no su destino. Es cosa tuya proporcionarles un entorno que les permita desarrollar su máximo potencial.

Date cuenta que no he dicho que los padres deban leer un montón de libros sobre cómo aprender a ser buenos padres. He conocido a mucha gente a la que le atraen las ideas que expongo en este libro. Pero el interés intelectual no es suficiente. Yo mismo lo he comprobado.

Intelectualmente era consciente de todo lo que aparece en este libro, pero antes de que hiciera un esfuerzo por cambiar, no tuvo ninguna influencia en mi vida. Limitarse a leer el libro y a pensar que tu vida y la de tus hijos cambiará por sí sola sería lo mismo que aceptar la última píldora mágica farmacéutica creyendo que lo «arreglará» todo. Nada se soluciona hasta que uno no se esfuerza por cambiar.

He aquí mi desafío. Deshazte de los miedos infundados y procura no inculcar miedos innecesarios ni creencias limitadoras en el subconsciente de tus hijos. Sobre todo, no aceptes el mensaje fatalista del determinismo genético. Puedes ayudar a tus hijos a desarrollar todo su potencial y puedes cambiar tu vida personal. No estás «atrapado» por tus genes.
Ten en cuenta las lecciones sobre las respuestas de crecimiento y protección de las células y cambia tu vida de manera que te permita crecer siempre que sea posible. Y recuerda que para los seres humanos el mejor promotor del crecimiento no son los colegios de lujo, los juguetes más grandes o el trabajo mejor pagado. Mucho antes de que existieran la biología celular y los estudios sobre los niños de los orfanato s, los padres responsables y visionarios como Rumi, sabían que el mejor promotor del crecimiento de los humanos (tanto de los adultos como de los bebés) es el amor.

 

 

 

 

 
 
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